Richard D. Hansen
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  • Fascinante

Richard D. Hansen: El Mirador y los orígenes de la civilización maya

Escrito por: Gonzalo Gimeno

Durante casi cinco décadas, Richard D. Hansen ha regresado a las selvas del norte de Guatemala para investigar uno de los capítulos más sorprendentes de la historia maya. Al frente del Proyecto Cuenca Mirador, sus trabajos han contribuido a revelar un territorio de 964 asentamientos arqueológicos, agrupados en al menos 417 ciudades, poblaciones y aldeas antiguas.

En el centro de ese paisaje se encuentra El Mirador, una ciudad monumental cuya antigüedad obligó a reconsiderar lo que durante décadas se había asumido sobre los orígenes de la civilización maya. El uso de tecnologías como el LiDAR ha permitido descubrir bajo la selva una extensa red de calzadas, estructuras y asentamientos que apunta a una sociedad mucho más compleja y cohesionada de lo que se creía.

En esta conversación con Gonzalo Gimeno, Hansen recorre su vida como arqueólogo, los descubrimientos que han marcado su carrera y las preguntas que todavía plantea El Mirador. También aborda el futuro de la selva, el papel de las comunidades locales y la posibilidad de convertir el patrimonio arqueológico en una herramienta de conservación y desarrollo.

Creciste en el seno de una familia de agricultores de Idaho. ¿El arqueólogo nace o se hace? ¿Cómo llegó aquel niño de Idaho a convertirse en el arqueólogo que hoy nos habla desde la selva guatemalteca?

Es una buena pregunta. Creo que uno nace con cierta inclinación hacia aquello que termina apasionándole. Algunos de mis primeros recuerdos son los de un niño hojeando National Geographic o mirando por los visores View-Master, que mostraban imágenes de fondos marinos, selvas y lugares así.

Cuando tenía cinco años nos mudamos de Twin Falls, Idaho, a Rupert, una pequeña localidad del sur del estado. Allí teníamos tierras de cultivo, en una de las últimas ampliaciones del proyecto de regadío de Minidoka. Mi padre encontraba puntas de flecha de obsidiana en la finca. Me fascinaban porque eran antiguas, objetos fabricados por seres humanos cientos o miles de años atrás.

Al principio me interesaba la pieza en sí, pero después empecé a preguntarme por todo el sistema que había detrás. ¿Qué piedra era? ¿De dónde procedía? ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Cómo se había perdido? ¿Cómo la habían tallado? ¿Qué animales había abatido? Todas aquellas preguntas comenzaron a ocupar mi cabeza cuando apenas era un niño. Tenía seis años. En cierto modo, nací con ese interés.

Después iba a la biblioteca y recogía los libros que retiraban o cualquier cosa que cayera en mis manos. No creía que un arqueólogo pudiera ganarse la vida. Pero hubo algo más. Viajé a Bolivia como misionero de mi Iglesia y aquello fue como meter al zorro en el gallinero: el país estaba lleno de ruinas incas y preincas. Siempre que podía, andaba husmeando entre ellas.

Al regresar sufrí un grave accidente de esquí. La parte inferior de la pierna derecha quedó destrozada y casi tuvieron que amputarla. Fue entonces cuando dejé los estudios preparatorios de Derecho y me pasé a Arqueología.

Trabajé en la región de las Four Corners de Estados Unidos, entre ruinas anasazi. Después viajé a Israel, donde pasé dos años trabajando en un yacimiento situado en la costa, al norte de Tel Aviv. Más tarde, el Gobierno boliviano me invitó a regresar para trabajar en Tiwanaku.

Al mismo tiempo recibí la llamada de dos profesores estadounidenses que querían que los acompañara a Guatemala para estudiar un lugar llamado El Mirador. Como ya tenía bastante experiencia en arquitectura, me pusieron al frente del estudio de las grandes estructuras.

Fue entonces cuando descubrí la antigüedad de aquellas ciudades y su extraordinaria complejidad. Y aquí sigo, 47 años después.

Richar Hansen estructura 34 2010

¿Qué efecto tuvo en ti aquella primera visita a El Mirador? ¿En qué momento comprendiste que el yacimiento cuestionaba lo que entonces se creía sobre los orígenes de la civilización maya?

En aquella época, el modelo dominante presentaba a los mayas del Preclásico como agricultores que vivían en aldeas relativamente sencillas, no como constructores de grandes centros urbanos, porque apenas había pruebas de ciudades monumentales.

En Uaxactún, la Estructura E-VII-sub salió a la luz en 1927-1928. Mide unos ocho metros de altura y durante décadas fue uno de los ejemplos más claros de arquitectura monumental preclásica en las tierras bajas mayas. Por eso los especialistas situaban el apogeo de la civilización maya en el periodo Clásico, entre los años 600 y 800 d. C.

Cuando comencé a trabajar aquí, todo el mundo me aseguraba que tenía que haber edificios del Clásico. Pero al encontrar cerámica preclásica sobre los propios pavimentos comprendí que el modelo completo sobre la evolución de la civilización maya era erróneo.

Tardé veinte años en convencer a mis colegas. Cuando uno se enfrenta a los pesos pesados de Harvard, Cambridge o la Complutense y sostiene que existieron enormes ciudades preclásicas con pirámides de más de setenta metros, la reacción era: “Este tipo está loco”.

Pero teníamos razón. Los datos eran correctos y hoy esta se considera una de las grandes ciudades preclásicas, si no la mayor de toda América.

“Tardé veinte años en convencer a mis colegas. Pero teníamos razón.”

En 1983 sobreviviste junto a tu esposa y tu hija pequeña a un accidente aéreo cuando salían de El Mirador. ¿Por qué regresaste? ¿Qué preguntas te han mantenido trabajando en la región desde entonces?

Porque la oportunidad de estudiar una civilización de un periodo tan temprano, con vestigios que afloran en superficie, no tiene parangón. En Tikal tuvieron que excavar veinte metros para alcanzar el mismo nivel que aquí encontramos a ras de suelo. Era una ocasión excepcional para comprender de verdad aquella sociedad.

Nuestro trabajo se articula en torno a tres grandes líneas de investigación.

La primera es el origen de las sociedades complejas. ¿Qué impulsa a una sociedad a convertirse en una de las grandes civilizaciones de la Antigüedad? Otras sociedades que habitaron entornos de selva tropical siguieron caminos muy distintos. ¿A qué se deben esas diferencias? ¿Qué lleva a una sociedad a alcanzar semejante grado de sofisticación?

La segunda estudia las dinámicas que permiten mantener esa complejidad. ¿Qué hace falta para conservar la estabilidad social, política y económica que permite que las poblaciones crezcan, se vuelvan complejas y alcancen ese nivel de civilización?

Y la tercera analiza los factores que conducen a una desaparición demográfica completa, a un colapso de la población. ¿Qué lo provoca?

Esas son las tres cuestiones que investigamos aquí y las que, en cierto modo, me han mantenido ligado a esta región.

Richard D. Hansen
Richard D. Hansen

La arqueología reconstruye sociedades complejas a partir de pruebas fragmentarias. ¿Dónde se encuentra la frontera entre los hechos y la interpretación? ¿Cómo ayuda la participación de distintas disciplinas a alcanzar conclusiones fiables?

En la repetición. Los resultados tienen que poder repetirse. Encontrar un edificio preclásico no basta para afirmar que existe una ciudad preclásica. Para hacer una afirmación fiable debo excavar en numerosos puntos, en distintas ciudades preclásicas y en múltiples yacimientos.

Es un proceso científico. Primero se identifica un problema y se formula una propuesta o hipótesis de investigación. Después hay que conseguir financiación, obtener la autorización del Gobierno y realizar el trabajo, poniendo a prueba y revisando la hipótesis a medida que se acumulan las pruebas.

Una hipótesis debe contrastarse desde varias líneas de estudio y el trabajo ha de ser multidisciplinar. Dicho de otro modo, creo en la verdad absoluta. Está lo que tú crees que ocurrió y lo que creo yo, pero lo que de verdad importa es lo que ocurrió realmente.

Cuantas más disciplinas intervengan en el estudio, mayor será nuestra capacidad para llegar a una misma conclusión si lo que buscamos es la verdad. Ese es el objetivo: la verdad científica.

Ahora mismo trabajan aquí once disciplinas, entre ellas la ornitología, la biología, la herpetología, la geología y la geomorfología. Estamos realizando un gran estudio sobre los insectos y hemos publicado libros acerca de los que habitan la cuenca. También investigamos sus orquídeas y estamos a punto de publicar una obra importante sobre toda su flora.

Botánicos, biólogos y geomorfólogos forman parte de esta historia porque, si buscamos la verdad, su trabajo nos ayuda a converger en las mismas conclusiones.

Impulsaste el mayor levantamiento mediante LiDAR realizado en la cuenca. ¿Cómo funciona esta tecnología y qué reveló sobre la escala y la organización de la Cuenca Mirador?

LiDAR significa Light Detection and Ranging, detección y medición de distancias mediante luz. El primero en utilizar esta tecnología en la región fue el investigador Arlen Chase, en Belice. Después se empleó en Izapa, aunque allí el terreno era una especie de pastizal para ganado. Cuando vi los resultados pensé: “Tenemos que hacerlo aquí”.

Sabíamos que había muchas ciudades antiguas, pero ¿cómo demostrarlo? Ya habíamos gastado millones de dólares en cartografiar cinco o seis grandes ciudades. Millones y millones solo para obtener sus mapas.

El LiDAR es un sistema láser que, en nuestro caso, emitía 650.000 puntos por segundo. Ahora empleamos drones capaces de registrar un millón de puntos por segundo. Volamos durante 158 horas. Tardamos tres años en procesar aquella ingente cantidad de información y cubrimos el territorio de forma continua.

No trabajamos como otros proyectos que seleccionan únicamente yacimientos aislados. Cartografiamos toda la cuenca sin interrupciones. Eso nos permitió realizar observaciones muy interesantes, porque no solo identificamos la huella cultural, sino también la topografía del terreno, la geomorfología, la hidrología y la composición química del suelo.

Así podemos empezar a comprender cómo se adaptaron las culturas antiguas a un medio tan exigente y qué soluciones artificiales desarrollaron.

El estudio identificó 964 asentamientos arqueológicos, 775 dentro de la cuenca y 189 en la cresta kárstica que la rodea, que agrupamos en al menos 417 ciudades, poblaciones y aldeas antiguas. Creo que es una de las mayores concentraciones de asentamientos de la Antigüedad que existen en el mundo. Y por eso consideramos que merece ser protegida.

¿Cómo ha cambiado el trabajo en El Mirador tu visión de la sociedad maya, no solo de sus gobernantes y monumentos, sino también del tamaño y la densidad de la población que vivió allí?

Sobre todo nos da una idea de la densidad de población. Hoy no existen asentamientos permanentes en el interior de la cuenca. Hablamos de cerca de 650.000 hectáreas de selva, unos 6.500 kilómetros cuadrados, en su mayor parte sin carreteras.

Estudiamos la población de dos maneras. En primer lugar hicimos pruebas experimentales: transportamos barro y piedra para calcular cuántas personas y cuántas jornadas se necesitan para mover un metro cúbico. Después excavamos canteras, recuperamos herramientas líticas y reproducimos el proceso cortando bloques con utensilios de piedra.

De ese modo pudimos estimar el volumen de trabajo necesario. Calculamos que la construcción de La Danta, en El Mirador, exigió entre doce y quince millones de jornadas de trabajo humano. Quince millones de jornadas equivaldrían, para una sola persona, a más de 41.000 años.

La mampostería mantiene las mismas características desde la base de la estructura hasta la cima, lo que nos lleva a pensar que se levantó durante el mandato de un solo gobernante. Si suponemos un reinado de treinta años y una mano de obra estacional, la estimación ronda los 4.000 trabajadores durante ese periodo, solo para este complejo.

Y aquí hay miles de edificios contemporáneos. Eso permite hacerse una idea de la posible magnitud de la población.

También descubrimos que, en lugares donde la superficie no revela el menor indicio de una estructura, basta excavar entre diez y quince centímetros para encontrar suelos de tierra apisonada con agujeros de poste y cerámica sobre ellos.

Los modelos tradicionales para cartografiar ciudades antiguas y calcular su población cuentan los montículos residenciales y los multiplican por una media de 5,2 habitantes, basada en los hogares mayas actuales de Yucatán. Así obtienen una estimación aproximada. Pero ¿cómo se calcula cuando existen viviendas que no han dejado montículos visibles?

Lo que observamos apunta a concentraciones muy densas. Incluso en los bajos —los humedales de la zona— encontramos cerámica de uso cotidiano cada vez que excavamos. Eso significa que probablemente hubo viviendas sobre pilotes en estos humedales durante el Preclásico. Es posible que los bajos también estuvieran densamente poblados.

Todo ello me lleva a pensar que en el área extensa de El Mirador pudieron vivir cientos de miles de personas y quizá millones en el conjunto de la cuenca. Pero siguen siendo estimaciones. Todavía tratamos de desarrollar, a partir de las pruebas disponibles, un algoritmo que permita obtener un cálculo demográfico defendible en zonas donde las viviendas no han dejado rastro en la superficie.

“La construcción de La Danta exigió entre doce y quince millones de jornadas de trabajo humano.”
Richard D. Hansen
Richard D. Hansen

La civilización maya suele describirse como un mundo de ciudades-Estado enfrentadas. ¿Por qué sostienes que la Cuenca Mirador funcionó como un sistema político más centralizado y cohesionado?

Las ciudades mayas guerreaban con frecuencia entre sí. Durante el periodo Clásico, por ejemplo, Calakmul y Tikal mantuvieron una rivalidad prolongada. Calakmul tejió alianzas con Caracol, La Corona y varios yacimientos del sur de la cuenca para tratar de contener a Tikal. También existen pruebas de grandes conflictos entre Naranjo y Tikal, y entre Toniná y Palenque.

Eran luchas recurrentes entre ciudades-Estado y potencias regionales, algo parecido a los enfrentamientos entre castillos en Europa. En la Cuenca Mirador, sin embargo, interpreto las enormes calzadas que enlazaban las ciudades como indicio de un sistema más unitario y centralizado. Nadie construye una calzada monumental de cuarenta metros de anchura hacia su enemigo.

Una de las claves de aquella sofisticación fue un sistema de comunicaciones desarrollado. España, por ejemplo, posee una red ferroviaria extraordinaria. Así es como se cohesiona un territorio.

Así se crea una sociedad más integrada. La red ferroviaria española permite que las personas y las mercancías se desplacen de un lugar a otro. En Estados Unidos tenemos un complejo sistema de autopistas. No hemos sido lo bastante inteligentes como para construir una red de trenes como la vuestra, pero sí tenemos autopistas, y no entramos en la era industrial hasta que dispusimos del ferrocarril transcontinental.

Aquello permitió transportar productos, crear sociedades más cohesionadas y favorecer el intercambio. Si a una ciudad le faltaba maíz, lo recibía de otra. Eso hizo posible el desarrollo de la complejidad y la cohesión administrativa. No alcanza la escala de los romanos, pero responde a la misma idea. Es un patrón que puede repetirse en cualquier parte del mundo y que, de hecho, se ha repetido.

¿Cómo pudo el entorno sostener una sociedad tan sofisticada, lejos de lagos y ríos? ¿De qué manera contribuyó después el consumo de recursos naturales a su colapso? ¿Qué puede enseñarnos hoy esa historia?

Ocurrió, y hoy vemos esa misma mentalidad en los Gobiernos modernos. Para comprender los colapsos demográficos o el abandono de ciudades a gran escala, antes hay que entender qué las hizo grandes.

¿Por qué no se construyó El Mirador a orillas del lago Petén Itzá, con toda esa agua, la pesca y la brisa agradable al caer la tarde? ¿Por qué esta enorme ciudad antigua se encuentra en el punto más alejado posible de cualquier lago o río de toda Mesoamérica?

La respuesta es el lodo de los antiguos humedales. En aquel tiempo, los bajos no estaban cubiertos de árboles, sino que eran marismas herbáceas. De allí obtenían una especie de compost. El lodo del fondo era muy rico en materia orgánica, nutrientes y fertilizantes.

Transportaban miles de toneladas de aquel lodo mediante un complejo sistema de terrazas que se extendía por toda la cuenca. Encontramos esas terrazas por todas partes. Yo sostengo que los mayas preclásicos cultivaron las mismas tierras durante siglos y renovaron el suelo con finas capas de lodo para poder sembrar una y otra vez. Eso les proporcionó una enorme productividad agrícola y económica.

Disponían de tal riqueza y abundancia que podían acometer grandes programas constructivos y levantar inmensos sistemas de calzadas que conectaban todas aquellas ciudades antiguas en una compleja red, muy sofisticada y cohesionada. El sistema era extraordinario y funcionó bien.

Pero, como sucede con las grandes sociedades, las culturas e incluso los individuos, semejante riqueza acaba generando complacencia. Se pierde de vista la realidad y se olvidan los principios que hicieron posible la grandeza inicial. En este caso comenzaron a construir estructuras y avenidas cada vez más ostentosas.

Hoy excavamos en los bajos, en aquellos antiguos humedales, y encontramos la capa de lodo orgánico sepultada bajo metros de arcilla estéril. Entre dos y tres metros. ¿Qué pudo provocar una sedimentación semejante y enterrar el lodo fértil que había proporcionado vida, prosperidad y la capacidad de sostener enormes ciudades?

Para que eso sucediera tuvo que producirse algún tipo de deforestación masiva. Y empezamos a sospechar del uso de mortero de cal.

Para comprenderlo, envié durante seis años a un equipo por toda Mesoamérica con el fin de documentar cuánta madera y cuánta piedra caliza se necesitan para producir cal. Descubrimos que para obtener una tonelada de cal viva hacen falta entre cinco y seis toneladas de madera verde y otras cinco o seis toneladas de piedra caliza.

Después hicimos los cálculos en los edificios. Por ejemplo, medimos el grosor del estuco de la pirámide de El Tigre. Nuestra estimación publicada concluyó que producir la última capa de estuco de El Tigre exigió el equivalente a talar todos los árboles de unas 163 hectáreas. Y eso corresponde únicamente a la cal empleada en aquella fase.

Al calcular el consumo de cal, sostengo que contribuyó a la pérdida de bosque y que la erosión arrastró después arcillas calcáreas hacia los humedales, donde sepultaron la fértil capa orgánica bajo metros de material estéril.

Para mí, la distinción importante es la que existe entre un abandono temporal y un colapso profundo. Una ciudad puede quedar devastada y reconstruirse más adelante, como ocurrió con Dresde, Hiroshima y Nagasaki después de la Segunda Guerra Mundial. Se produce un colapso cuando las condiciones que sostenían un asentamiento se han alterado de manera tan profunda que sus habitantes no pueden regresar con facilidad.

La pregunta, por tanto, es dónde encontramos daños medioambientales que perduran más allá de una crisis política concreta.

En algunas zonas de la antigua Mesopotamia, la salinización provocada por el regadío contribuyó al declive de la agricultura a largo plazo. En torno a Chernóbil, determinadas áreas siguen sometidas a restricciones porque la contaminación radiactiva puede persistir durante décadas o siglos, según el lugar y el radionúclido.

La cuestión de fondo es el consumo ostentoso. Hoy hay personas que orinan en retretes chapados en oro. ¿Hace falta un retrete de oro? No. ¿Por qué lo tienen? Porque pueden permitírselo.

Medimos los recubrimientos de distintas épocas y comprobamos que fueron ganando grosor de manera progresiva, a veces hasta extremos extraordinarios. ¿Para qué se necesita una cobertura desmesurada de estuco de cal? Porque pueden hacerlo.

Ese comportamiento acarrea consecuencias, pero todo el mundo vive en el presente sin anticipar qué ocurrirá si seguimos por el mismo camino. Eso es parte de lo que hace singular a la arqueología. Es una de las disciplinas capaces de mostrarnos cómo nacen las civilizaciones, cómo mantienen su complejidad y qué hacen para socavar sus propios cimientos. Podemos contemplar la historia completa.

“Nadie construye una calzada monumental de cuarenta metros de anchura hacia su enemigo.”

¿Cómo pudo el entorno sostener una sociedad tan sofisticada, lejos de lagos y ríos? ¿De qué manera contribuyó después el consumo de recursos naturales a su colapso? ¿Qué puede enseñarnos hoy esa historia?

Ocurrió, y hoy vemos esa misma mentalidad en los Gobiernos modernos. Para comprender los colapsos demográficos o el abandono de ciudades a gran escala, antes hay que entender qué las hizo grandes.

¿Por qué no se construyó El Mirador a orillas del lago Petén Itzá, con toda esa agua, la pesca y la brisa agradable al caer la tarde? ¿Por qué esta enorme ciudad antigua se encuentra en el punto más alejado posible de cualquier lago o río de toda Mesoamérica?

La respuesta es el lodo de los antiguos humedales. En aquel tiempo, los bajos no estaban cubiertos de árboles, sino que eran marismas herbáceas. De allí obtenían una especie de compost. El lodo del fondo era muy rico en materia orgánica, nutrientes y fertilizantes.

Transportaban miles de toneladas de aquel lodo mediante un complejo sistema de terrazas que se extendía por toda la cuenca. Encontramos esas terrazas por todas partes. Yo sostengo que los mayas preclásicos cultivaron las mismas tierras durante siglos y renovaron el suelo con finas capas de lodo para poder sembrar una y otra vez. Eso les proporcionó una enorme productividad agrícola y económica.

Disponían de tal riqueza y abundancia que podían acometer grandes programas constructivos y levantar inmensos sistemas de calzadas que conectaban todas aquellas ciudades antiguas en una compleja red, muy sofisticada y cohesionada. El sistema era extraordinario y funcionó bien.

Pero, como sucede con las grandes sociedades, las culturas e incluso los individuos, semejante riqueza acaba generando complacencia. Se pierde de vista la realidad y se olvidan los principios que hicieron posible la grandeza inicial. En este caso comenzaron a construir estructuras y avenidas cada vez más ostentosas.

Hoy excavamos en los bajos, en aquellos antiguos humedales, y encontramos la capa de lodo orgánico sepultada bajo metros de arcilla estéril. Entre dos y tres metros. ¿Qué pudo provocar una sedimentación semejante y enterrar el lodo fértil que había proporcionado vida, prosperidad y la capacidad de sostener enormes ciudades?

Para que eso sucediera tuvo que producirse algún tipo de deforestación masiva. Y empezamos a sospechar del uso de mortero de cal.

Para comprenderlo, envié durante seis años a un equipo por toda Mesoamérica con el fin de documentar cuánta madera y cuánta piedra caliza se necesitan para producir cal. Descubrimos que para obtener una tonelada de cal viva hacen falta entre cinco y seis toneladas de madera verde y otras cinco o seis toneladas de piedra caliza.

Después hicimos los cálculos en los edificios. Por ejemplo, medimos el grosor del estuco de la pirámide de El Tigre. Nuestra estimación publicada concluyó que producir la última capa de estuco de El Tigre exigió el equivalente a talar todos los árboles de unas 163 hectáreas. Y eso corresponde únicamente a la cal empleada en aquella fase.

Al calcular el consumo de cal, sostengo que contribuyó a la pérdida de bosque y que la erosión arrastró después arcillas calcáreas hacia los humedales, donde sepultaron la fértil capa orgánica bajo metros de material estéril.

Para mí, la distinción importante es la que existe entre un abandono temporal y un colapso profundo. Una ciudad puede quedar devastada y reconstruirse más adelante, como ocurrió con Dresde, Hiroshima y Nagasaki después de la Segunda Guerra Mundial. Se produce un colapso cuando las condiciones que sostenían un asentamiento se han alterado de manera tan profunda que sus habitantes no pueden regresar con facilidad.

La pregunta, por tanto, es dónde encontramos daños medioambientales que perduran más allá de una crisis política concreta.

En algunas zonas de la antigua Mesopotamia, la salinización provocada por el regadío contribuyó al declive de la agricultura a largo plazo. En torno a Chernóbil, determinadas áreas siguen sometidas a restricciones porque la contaminación radiactiva puede persistir durante décadas o siglos, según el lugar y el radionúclido.

La cuestión de fondo es el consumo ostentoso. Hoy hay personas que orinan en retretes chapados en oro. ¿Hace falta un retrete de oro? No. ¿Por qué lo tienen? Porque pueden permitírselo.

Medimos los recubrimientos de distintas épocas y comprobamos que fueron ganando grosor de manera progresiva, a veces hasta extremos extraordinarios. ¿Para qué se necesita una cobertura desmesurada de estuco de cal? Porque pueden hacerlo.

Ese comportamiento acarrea consecuencias, pero todo el mundo vive en el presente sin anticipar qué ocurrirá si seguimos por el mismo camino. Eso es parte de lo que hace singular a la arqueología. Es una de las disciplinas capaces de mostrarnos cómo nacen las civilizaciones, cómo mantienen su complejidad y qué hacen para socavar sus propios cimientos. Podemos contemplar la historia completa.

“La arqueología puede mostrarnos cómo nacen las civilizaciones, cómo mantienen su complejidad y qué hacen para socavar sus propios cimientos.”
Hansen con estuco

¿Cuál es hoy la necesidad más urgente de El Mirador: financiación, personal, visibilidad o legislación? ¿Cómo se compara esa necesidad con el potencial que el yacimiento representa para Guatemala?

Nuestra necesidad más acuciante son los recursos necesarios para sacar a la luz y consolidar la arquitectura que ya hemos investigado. Nuestro equipo ha verificado sobre el terreno 56 yacimientos pertenecientes al sistema de asentamientos identificado mediante LiDAR. Sabemos qué edificios son especialmente relevantes y cuáles podrían convertirse en importantes focos de interés turístico.

Conocemos la ubicación de extraordinarios murales y monumentos preclásicos que siguen enterrados y ocultos porque no tenemos dinero para contratar a los vigilantes que los protegerían. Con los recursos necesarios, mis especialistas y los 250 trabajadores que tengo ahora mismo aquí, formados por algunos de los mayores expertos del mundo, podrían descubrir y proteger estas ruinas y contribuir a impulsar una actividad económica más amplia.

Las comunidades que rodean la cuenca dependen en parte de las concesiones forestales. Yo sostengo que el turismo puede ofrecerles un interés económico adicional en mantener el bosque en pie.

A mi juicio, los caminos abiertos para la explotación forestal también pueden crear un problema, al facilitar rutas para el transporte de productos ilegales. En cambio, el turismo es la solución para un país como Guatemala. ¿Cómo va a competir industrialmente con Alemania, Japón, Corea, China o Estados Unidos? Guatemala, sin embargo, posee algo que ningún otro país tiene. Esa es su gallina de los huevos de oro.

El problema es que no lo entienden: no se puede matar a la gallina y seguir obteniendo los huevos de oro. Hay que mantenerla sana, alimentarla y darle agua; entonces seguirá poniendo esos huevos.

Estas ciudades antiguas tienen la capacidad de generar importantes ingresos para el país y, al mismo tiempo, ofrecer un modelo de conservación mucho más eficaz. Eso nos permitiría salvar esta selva de amenazas muy graves. Y tienes razón: el modelo ha de ser rentable. Si no lo es, nunca funcionará.

Nos enfrentamos a dos problemas. El primero son los recursos económicos que necesitamos para trabajar aquí. Ese es siempre el problema. Hacen falta millones de dólares al año para desarrollar nuestra labor. Y no dispongo de un fondo de dotación al que recurrir: cada año tengo que conseguir el dinero necesario para las campañas de campo. La financiación es crucial.

El segundo problema es la corrupción presente en distintos estratos de la sociedad, que no tienen interés alguno en la conservación. Algunas estimaciones recientes cifran la pérdida anual de bosque en la Reserva de la Biosfera Maya en más de 10.000 hectáreas a causa de la expansión de la ganadería. Esa presión se acerca desde el límite occidental de la cuenca.

“Estas ciudades antiguas tienen la capacidad de generar importantes ingresos para el país y, al mismo tiempo, ofrecer un modelo de conservación mucho más eficaz.”

¿Puede el turismo convertir el patrimonio arqueológico y natural de El Mirador en una economía viable y, al mismo tiempo, proteger la selva? ¿Qué impide hoy el desarrollo de ese modelo?

Tikal recibe más de 370.000 visitantes al año y genera importantes ingresos directos e indirectos para Guatemala. Algunas estimaciones sostienen que aporta más de 200 millones de dólares estadounidenses cada año.

Nuestro mensaje es que aquí podemos desarrollar una economía turística de gran importancia, con un impacto mínimo y controlado, siempre que se someta a las evaluaciones medioambientales y arqueológicas oportunas.

He propuesto, por ejemplo, facilitar el acceso en bicicleta de montaña. A mi entender, parte del problema es que las necesidades inmediatas de supervivencia dificultan pensar en el día de mañana.

El éxito de cualquier modelo turístico depende de que las comunidades locales perciban y compartan sus beneficios. ¿Qué papel desempeñan ahora? ¿Qué tendría que ocurrir para que el turismo ofreciera una alternativa creíble a la explotación forestal y ganadera?

Necesitamos dinero para seguir contratando y formando a la población local: para que aprenda a restaurar y mantener la arquitectura preclásica, comprenda qué necesitan los visitantes, aprenda a leer y escribir y adquiera las competencias técnicas y de atención necesarias para participar plenamente.

Tal vez tengamos que comenzar por habilidades muy básicas, pero ahí están el futuro y la oportunidad.

¿Cómo puede hacerse accesible El Mirador sin abrir carreteras ni pistas de aterrizaje que aumentarían la presión sobre la selva? ¿En qué consiste la propuesta de crear un santuario natural y un sistema de transporte gestionado por las comunidades?

Tenemos la oportunidad de convertir este lugar en un destino de primer orden internacional. La Iniciativa 6589, actualmente en tramitación en el Congreso de Guatemala, propone declarar la cuenca santuario natural y cultural, sin carreteras ni pistas de aterrizaje.

Los diputados leyeron la documentación científica, concluyeron que había que actuar y presentaron la iniciativa.

Se trata realmente de una cuenca; los estudios geológicos e hidrológicos lo confirman. Se encuentra sobre una meseta elevada y por eso el agua queda estancada en los bajos. En la estación seca están completamente secos; en la lluviosa, inundados.

La zona posee además tal riqueza de yacimientos antiguos que podría convertirse en un gran foco turístico. Si se declara santuario sin carreteras ni pistas de aterrizaje, las comunidades pueden integrarse en el modelo. Proponemos un pequeño ferrocarril gestionado por ellas.

Ese pequeño ferrocarril podría seguir los corredores de las antiguas calzadas y evitar así la construcción de una carretera.

Nota editorial: a 10 de agosto de 2026, el registro oficial del Congreso de Guatemala recogía la Iniciativa 6589 como un proyecto presentado al pleno el 18 de noviembre de 2025 y remitido a la Comisión de Ambiente, Ecología y Recursos Naturales. Todavía no había sido aprobado como ley.

Templo Jaguar
Templos Yaxha

¿Cómo se concilia un proyecto financiado internacionalmente con la necesidad de un liderazgo guatemalteco? ¿Cuándo podrían los arqueólogos del país convertirse en las principales voces públicas y encargarse de recaudar los fondos necesarios para un trabajo de esta escala?

Lo importante del turismo es que genera un circuito económico para toda la región. Un alojamiento ecológico de alta gama necesita zanahorias, leche, tomates y carne, productos que pueden obtenerse en Carmelita. Pero, si los dirigentes locales obtienen beneficios de la explotación forestal y ganadera, ¿por qué iban a desear esa alternativa?

Tengo cuarenta arqueólogos guatemaltecos. Para sacar adelante este trabajo hay que saber explicar los conceptos tanto al presidente como al miembro más pobre y humilde de una comunidad. Tengo personas capaces de hablar con uno o con otro, pero muy pocas que sepan comunicarse con todo ese abanico de interlocutores.

Y, además, tiene que ser capaz de conseguir financiación. ¿Cómo se recaudan los millones de dólares necesarios? Eso es lo que intentamos hacer aquí. Cuento con personas extraordinarias que llevan cuarenta años trabajando en la zona y que podrían asumirlo.

El primer problema es que no saben cómo conseguir el dinero. El segundo es desarrollar las competencias necesarias para acceder a las grandes fuentes internacionales de financiación y explicar un modelo como este a todos los niveles de una comunidad.

No tengo interés económico alguno en ser propietario de esto. Quiero que pertenezca a los guatemaltecos. Pero desarrollar las competencias y la confianza necesarias para aprovechar la oportunidad es otro asunto. Las posibilidades existen. Hacen falta personas capaces de explicarlas de una manera comprensible.

Después de casi cinco décadas, ¿qué te ha dado El Mirador? ¿Cómo ha cambiado tu visión de la humanidad? ¿Qué huella esperas dejar?

Me ha ayudado a comprender la importancia de la saga humana, de la historia de la humanidad. Estamos incorporando a ese relato una página que el mundo no había visto nunca.

Eso ya resulta satisfactorio por sí mismo, porque nos ayuda a entender el pasado y lo que podemos hacer en el presente; y quizá nos permita evitar calamidades futuras si prestamos atención a las lecciones de la historia.

También me siento orgulloso del trabajo arqueológico. Aquí cuento con especialistas excepcionales. Hemos desarrollado sistemas de cubiertas de policarbonato para proteger el arte y la arquitectura que sacamos a la luz. Tratamos de encontrar modelos que nos permitan mostrar las grandes obras del Preclásico sin dañarlas.

El proyecto también nos ofrece la posibilidad de incorporar a la población local. Después de la jornada de trabajo impartimos clases nocturnas. Aprenden a leer, a escribir y a firmar con su propio nombre, para no tener que estampar una huella dactilar en un tampón de tinta.

Les enseñamos a leer un cuento breve a sus hijos cuando vuelven a casa. ¿Qué supone eso para una familia? ¿Hasta qué punto eleva el espíritu humano? Puede transformar la manera en que alguien se contempla a sí mismo y entiende su lugar en el mundo.

También puede reforzar la idea de que el trabajo tiene un sentido y de que merece la pena proteger la naturaleza. Más allá de la labor arqueológica, una de las cosas que más orgullo me produce es ayudar a un hombre a escribir su nombre por primera vez.

Podemos enseñar a un hombre a leerle un cuento a su hija de tres años. ¿Qué significa eso para una persona? ¿Y para una familia, una comunidad y, en último término, una nación?

Si aquí ofrecemos a las personas más conocimientos y una mayor capacidad de elegir, fortalecemos el país. Esa es la huella que espero dejar: mayor prosperidad, una conservación más eficaz y más oportunidades para proyectar una identidad cultural y nacional con una fuerza que nunca antes había tenido.

“Una de las cosas que más orgullo me produce es ayudar a un hombre a escribir su nombre por primera vez.”

Les enseñamos a leer un cuento breve a sus hijos cuando vuelven a casa. ¿Qué supone eso para una familia? ¿Hasta qué punto eleva el espíritu humano? Puede transformar la manera en que alguien se contempla a sí mismo y entiende su lugar en el mundo.

También puede reforzar la idea de que el trabajo tiene un sentido y de que merece la pena proteger la naturaleza. Más allá de la labor arqueológica, una de las cosas que más orgullo me produce es ayudar a un hombre a escribir su nombre por primera vez.

Podemos enseñar a un hombre a leerle un cuento a su hija de tres años. ¿Qué significa eso para una persona? ¿Y para una familia, una comunidad y, en último término, una nación?

Si aquí ofrecemos a las personas más conocimientos y una mayor capacidad de elegir, fortalecemos el país. Esa es la huella que espero dejar: mayor prosperidad, una conservación más eficaz y más oportunidades para proyectar una identidad cultural y nacional con una fuerza que nunca antes había tenido.

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