Colin Bell safari wilderness
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Colin Bell: El safari es mucho más que un espectáculo

Gonzalo Gimeno.

Para Colin Bell, pionero del safari basado en comunidades locales, entender África implica comprender también la economía que mantiene vivos sus paisajes. Desde la desaparición de los rinocerontes en Botsuana hasta la creación de modelos turísticos que financian conservación, su trayectoria muestra que proteger la naturaleza exige algo más que admirarla.

En los años ochenta fue pionero al abrir camino a un modelo de safari que vinculaba la protección de la vida salvaje con la participación económica local. En 2013 sólo había 50 lodges en todo el continente que realmente aportaban un impacto medible en conservación y comunidad. Hoy esa cifra se contaría por cientos, una muestra de cómo ha evolucionado la industria del safari.

Esta conversación no va de romanticismo ni de puestas de sol de postal. Va de escala, responsabilidad y de la mecánica que sostiene el espectáculo del safari. Va de entender que, cuando viajamos a África, entramos en un sistema mucho más grande que un vehículo de safari y el avistamiento de un león. Y, para Colin Bell, todo empezó presenciando una extinción en persona.

“La conservación sin dinero es solo una conversación”

Empezaste tu carrera como guía de campo. ¿Qué te enseñaron aquellos años guiando safaris?

Llegué a Botsuana en 1977 con 23 años, después de lanzar una moneda al aire para decidir mi futuro. Podría haber sido Namibia. Fue Botsuana. Nunca antes había estado allí. Por aquel entonces el turismo no era realmente una industria. Era algo difuso, indefinido. Y los rinocerontes estaban por todas partes. En 1978 había más de 60.000 rinocerontes en África. Nueve años después quedaban alrededor de 4.000. En Botsuana, a mediados de los ochenta, ya no quedaba ni uno solo en estado salvaje.

Presenciar una extinción en tan poco tiempo, casi en directo, te cambia. Pasabas en coche por un lugar donde siempre había habido un grupo de cinco o seis rinocerontes. Y de repente no había nada. Ni siquiera te dabas cuenta de que estaba ocurriendo hasta que ya había ocurrido. Cuando desaparece el último rinoceronte, algo en tu espíritu se rompe. Te das cuenta de que la naturaleza no es permanente. Si no la protegemos activamente, si no la cuidamos y financiamos su protección, desaparece. Esa lección nunca me abandonó.

Colin Bell

¿Cuándo te diste cuenta de que proteger la vida salvaje exigía algo más que guiar, que se necesita una estructura?

La crisis del rinoceronte fue el punto de inflexión emocional. Pero, intelectualmente, llegó cuando empecé a mirar cómo funcionaba en realidad el turismo. Estábamos operando en Botsuana. La vida salvaje era de Botsuana. Pero la empresa para la que trabajábamos estaba basada en Sudáfrica. El dinero se iba fuera. Las cuentas bancarias estaban en otro sitio. Los empleos estaban en otro sitio. Estábamos usando este recurso natural increíble pero Botsuana no se estaba beneficiando de ello. Eso me pareció profundamente injusto. Si la vida salvaje iba a sobrevivir, la gente que vivía junto a ella tenía que ver valor en eso. Los gobiernos tenían que ver valor. Las comunidades tenían que ver valor. Si no, siempre perdería frente al ganado, la agricultura, la minería o lo que viniera después. Guiar no era suficiente. Hacía falta estructura. Hacía falta una economía detrás de la conservación.

¿Qué problema intentabais resolver cuando fundasteis Wilderness Safaris?

Cuando Chris McIntyre y yo arrancamos Wilderness en 1983, casi no teníamos dinero. Queríamos establecer el negocio en Botsuana: cuentas bancarias locales, empleo local, ingresos que se quedaran en el país. Y, sobre todo, queríamos alquilar tierra a las comunidades. Creamos acuerdos con una renta mínima, de modo que, incluso si no venía ni un solo turista, la comunidad local seguía cobrando. Y luego añadimos un porcentaje sobre la facturación bruta. No sobre el beneficio. Sobre la facturación bruta. Porque el beneficio puede esconderse. Puedes manipularlo. La facturación no la puedes esconder. Eso significa que en los años malos, la comunidad seguía teniendo seguridad. Era simple, pero cambió la psicología. Cuanto más compartíamos, mejor nos iba.

Masai Mara
Colin en Zokouma, Chad

En tu proyecto actual, Natural Selection, ¿qué quieres mejorar respecto a tu trabajo anterior?

Natural Selection surgió casi por accidente. Las comunidades locales se acercaron a nosotros con tierras extraordinarias y nos dijeron: “No sabemos qué hacer, pero sabemos lo que habéis hecho antes”.

Mejoramos estructura y escala. Montamos un equipo central para finanzas, marketing y logística para que los fundadores pudieran centrarse en guiar, en el servicio, en explorar. Fuimos a propósito a zonas naturales marginales. Lugares que otros ignoraban. Hoy gestionamos más de un millón de hectáreas. La filosofía no ha cambiado: la conservación tiene que pagarse a sí misma. Pero la ejecución se ha vuelto más sofisticada y más consciente de que el turismo, por sí solo, puede que no siempre baste.

Acampada bajo las estrellas.
Acampar bajo las estrellas es uno de los grandes placeres.
Colin Bell
Las comunidades locales son el eje de su actuación.

¿Qué hace que una experiencia de safari sea realmente extraordinaria?

Privacidad. Espacio. Autenticidad. No puedes tener seis o siete vehículos alrededor de un avistamiento de un león. Dos, quizá tres: ahí es cuando algo cambia. Un gran safari no va de ir tachando los Cinco Grandes de una lista. Va de cercanía con la naturaleza y de regresar un poco cambiado. Si los huéspedes vuelven una y otra vez, y traen amigos, les has dado algo transformador.

Los safaris de lujo suelen percibirse como elitistas. ¿Qué significa el lujo en la conservación?

El lujo, bien estructurado, tiene una huella medioambiental más pequeña y un impacto más grande. Como en la reserva privada de Khwai: 180.000 hectáreas. Con el antiguo modelo de caza daba empleo a 22 personas durante parte del año. Con el modelo de safari fotográfico emplea a alrededor de 200 personas, durante todo el año.

Cada año pagamos unos 400.000 dólares a una de las comunidades a las que alquilamos la tierra. Durante la pandemia, que no hubo ni un solo huésped, seguimos pagando. Los campamentos de alta gama requieren más personal, mejor formación, mejor infraestructura. Generan impuestos, IVA, cadenas de suministro en ciudades como Maún. Si Botsuana tuviese un promedio de 300 dólares por noche, no tendríamos el 40% del país gestionado para conservación natural. El lujo no es decoración. Es una palanca.

“La filosofía es sencilla, la conservación tiene que pagarse a sí misma.”

¿Existe el riesgo de que África se convierta en una especie de zoológico de lujo? ¿Dónde está la línea entre desarrollo y sobreexplotación?

En algunos lugares ya hemos cruzado la línea. El Maasai Mara en temporada alta está enfermo. Ngorongoro, en mi opinión, está roto. Las Cataratas Victoria están muy cerca. Si tienes 30 o 40 vehículos alrededor de un leopardo, eso ya no es naturaleza. Es teatro. En una concesión de un tamaño similar en Botsuana, podrías tener siete u ocho lodges. En el ecosistema del Maasai Mara hay más de cien. Los gobiernos ven el éxito e intentan replicarlo con volumen.

África recibe menos del 5% de las llegadas turísticas mundiales y menos del 4% de los ingresos turísticos. El continente no está sobrecargado de turismo. La presión es desigual. Algunas zonas están saturadas. Otras enormes como Angola o partes de África Central necesitan desesperadamente el turismo como alternativa a la tala, la agricultura o el desvío de agua. Así que la cuestión no es si el turismo debe crecer. Es dónde y cómo.

“Cuando el turismo desaparece la protección se derrumba.”

¿Cómo ves el futuro de los safaris en África en los próximos 10 años? ¿Hay un techo para la conservación de lujo?

Siempre hay un techo. Cada paisaje tiene una capacidad de carga. El lujo puede expandirse de forma responsable si se mantiene de baja densidad y alto impacto, pero no puede expandirse infinitamente en el mismo lugar. Y el futuro no puede depender solo del turismo. La conservación sin dinero es tan solo una conversación. La pandemia demostró que, cuando el turismo desaparece, la protección se derrumba. La lucha contra la caza furtiva se debilita y los presupuestos se evaporan. Necesitamos ingresos diversificados.

Los mercados de carbono, si se estructuran bien, podrían ser transformadores. Si los servicios ecológicos de África se valoran correctamente, podría disminuir la presión para aumentar el número de campamentos de safari más allá de los límites ecológicos. También estamos viendo surgir fondos patrimoniales de conservación, creando capital a largo plazo para que los intereses financieros sean los que sostengan la gestión. Si logramos combinar turismo, carbono y financiación de la conservación a largo plazo, podemos evitar convertir cada éxito en una carrera por el volumen. La clave es el equilibrio.

¿Cuál es tu estilo de safari favorito?

Cercanía con la naturaleza. Espacio. Silencio. Me encanta Dzanga Bai, en el Congo. Es un claro forestal de unos 750 metros de ancho. Los elefantes emergen de una densa selva. Los loros descienden en grandes oleadas. Allí hay una investigadora, Angela Turkalo, que ha identificado a miles de elefantes durante décadas. Escuchas a un gran macho mucho antes de verlo y, de repente, todo el claro cambia en respuesta a su presencia. Es crudo, íntimo, sin guion. A veces comes fatal. Estás incómodo, pero estás cerca. El bosque te atrapa. Y no te suelta. Eso, para mí, es safari.

Duke camp mokoro

¿Cómo actúan los safaris fotográficos como barrera de protección?

Si la fauna es rentable, permanece. El turismo fotográfico genera ingresos recurrentes: empleos, impuestos, cánones, programas comunitarios. Sin eso, la tierra se convierte hacia la agricultura, ganadería o minería. El turismo no es perfecto, pero sin él muchos entornos salvajes ya habrían desaparecido.

¿Puedes compartir un ejemplo en el que los ingresos del turismo cambiaran el destino de un paisaje o una comunidad?

Maún es un ejemplo. En los años setenta era una aldea polvorienta. Hoy es una ciudad funcional con aviación, infraestructura y sanidad, en gran parte gracias al turismo. En Khwai, los acuerdos de arrendamiento financian escuelas, paneles solares para ancianos e ingresos garantizados incluso en años malos. Ese es un cambio tangible.

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