Cousteau no estuvo aquí, Raja Ampat
Jacques-Yves Cousteau jamás buceó en Raja Ampat. No hay registro en los diarios del Calypso, ni en los archivos de la Cousteau Society, ni en los catálogos de sus expediciones entre los años cincuenta y ochenta. Y, sin embargo, su sombra planea sobre esas aguas como si alguna vez las hubiera surcado.
Durante sus décadas de exploración, Cousteau recorrió buena parte del Indo-Pacífico: las islas de la Sonda, el mar de Banda, las costas de Sulawesi, la Polinesia o Papúa Nueva Guinea. Pero Raja Ampat —ese laberinto de 1.500 islas al noroeste de Papúa Occidental— permanecía entonces fuera del alcance logístico de las misiones oceanográficas. En aquellos años, era un territorio remoto incluso para los propios indonesios: sin aeropuertos, sin cartas náuticas fiables y señalado en los mapas militares como “zona inexplorada”.
Aun sin haber puesto un pie allí, Cousteau fue el primer embajador invisible de Raja Ampat. A través de sus documentales, enseñó al mundo que el océano no era un escenario de aventura, sino un organismo vivo y frágil. Con sus cámaras submarinas autónomas —una revolución en la época—, reveló la vida marina como algo íntimo, sensorial, poético. Transformó el mar en un espacio emocional.
Su legado científico también alcanzó, de forma indirecta, el Triángulo de Coral. En los años sesenta, mientras el Calypso exploraba el mar de Banda, Cousteau describió esa región como “el corazón palpitante del océano Índico”. Décadas después, esa misma franja sería reconocida por la comunidad científica como el área de mayor biodiversidad marina del planeta. Y en el centro de ese corazón late hoy Raja Ampat.
Los científicos que han dedicado su vida a estudiar y proteger este archipiélago —Mark Erdmann, Gerry Allen, Edy Setyawan— crecieron bajo la influencia de Cousteau. Muchos de ellos descubrieron su vocación viendo El mundo del silencio o El hombre y el mar. Sus ideas sobre la conservación inspiraron políticas reales: en 2009, cuando Indonesia declaró el Parque Marino de Raja Ampat, varios responsables locales mencionaron al oceanógrafo francés como la voz que les había enseñado a mirar el mar con respeto.
Cousteau nunca vio Raja Ampat, pero Raja Ampat es, en cierto modo, la encarnación de su pensamiento. Un lugar donde la naturaleza sigue intacta, donde la ciencia y la emoción convergen, y donde el hombre solo puede ser visitante.
Porque si algo enseñó Cousteau, más allá de la técnica o la biología, fue una verdad luminosa: el océano no nos pertenece; somos nosotros quienes pertenecemos a él.