Los māhū de Tahití: entre lo masculino y lo femenino
En la Polinesia Francesa, los māhū forman parte de una tradición cultural que reconoce identidades más allá de la división convencional entre hombres y mujeres. Su historia, profundamente vinculada a la sociedad tahitiana, habla de convivencia, herencia ancestral y de otras maneras de comprender el lugar que cada persona ocupa en el mundo.
Hay algo en la Polinesia Francesa que invita a bajar el ritmo. Quizá sea la cadencia del océano, el aroma a salitre mezclado con las flores de tiaré o ese perfume inconfundible del monoï que parece acompañarnos a todas partes. Paseamos por las calles de Papeete, nos detenemos en un pequeño restaurante de Moorea o llegamos a uno de esos hoteles donde la hospitalidad polinesia se manifiesta con una naturalidad difícil de encontrar en otros lugares del mundo.
Y entonces alguien se acerca a recibirnos. Nos saluda con una sonrisa amplia, de esas que también se dibujan en los ojos. Hay algo en su manera de moverse, en la dulzura de sus gestos, en su voz o en su apariencia que nos llama la atención. Quizá no sepamos identificarlo inmediatamente. Tal vez nuestra mirada, acostumbrada a clasificar cuanto observa, tarde unos segundos en comprender lo que tiene delante. Podríamos estar ante un māhū. Y lo que inicialmente nos despierta curiosidad puede convertirse en una de las lecciones más hermosas que nos regale el viaje.
En la cultura tahitiana, los māhū ocupan desde hace generaciones un lugar propio. El término suele interpretarse como "en el medio", una expresión que nos aproxima a su significado, aunque difícilmente consigue abarcar toda su complejidad.
Tradicionalmente, se ha utilizado para describir a personas nacidas varones que expresan una identidad o desempeñan funciones culturalmente asociadas a lo femenino. Sin embargo, intentar traducir su realidad a nuestras categorías occidentales de homosexualidad, transexualidad o identidad no binaria sería simplificar una tradición que nació mucho antes de que existieran esas palabras. En algunas interpretaciones culturales, el māhū representa la convivencia entre lo masculino y lo femenino, dos dimensiones que pueden complementarse y encontrar su propio equilibrio.
La historia de los māhū nos descubre que las formas de entender la identidad han sido mucho más diversas de lo que solemos imaginar. En las sociedades polinesias, esa diversidad ha encontrado expresiones culturales propias que se remontan a siglos atrás.
Lo verdaderamente interesante de los māhū es descubrir su presencia en la vida cotidiana, lejos de las ceremonias tradicionales o de las manifestaciones folclóricas que suelen atraer la atención de los visitantes. Podemos encontrarlos en la recepción de un hotel, trabajando en un restaurante o compartiendo una conversación bajo la sombra de un árbol del pan.
Históricamente, muchos han desempeñado funciones relacionadas con el cuidado, la educación, la transmisión de conocimientos y determinadas expresiones artísticas. Algunos han tenido un papel destacado en la preservación de la danza, la música y las tradiciones orales. Sin embargo, no existe un único modo de ser māhū, del mismo modo que no existe una única manera de ser hombre o mujer.
Lo que llama la atención al viajero es que su presencia forma parte del paisaje humano de las islas. Constituyen una realidad conocida y profundamente vinculada a la historia de sus comunidades. Eso no significa que la aceptación sea universal ni que estén libres de prejuicios. La Polinesia contemporánea, como cualquier otra sociedad, convive con sus propias contradicciones.
Con la llegada de los exploradores europeos y, especialmente, de los misioneros cristianos a finales del siglo XVIII y durante el XIX, muchas de las costumbres polinesias comenzaron a ser juzgadas desde una moral ajena a las islas. Las danzas, la sexualidad, las relaciones familiares y las expresiones de género fueron objeto de nuevas restricciones y condenas. Aquello que había formado parte de la organización social tradicional pasó, en determinados contextos, a considerarse inapropiado o vergonzoso.
Los māhū permanecieron en sus comunidades, aunque su posición social se transformó bajo la influencia de los nuevos valores religiosos y culturales. Con el paso del tiempo, la presencia francesa, la urbanización y los cambios sociales dieron lugar a nuevas realidades. Entre ellas, la identidad raerae, que comenzó a adquirir visibilidad durante el siglo XX y que suele asociarse a expresiones de feminidad trans más contemporáneas. Aunque desde fuera puedan confundirse, māhū y raerae son términos con significados, historias y experiencias sociales diferentes. Sus fronteras, además, tampoco son siempre rígidas.
La mirada de Gauguin
Cuando Paul Gauguin llegó a Tahití en 1891, buscaba un mundo alejado de las convenciones europeas. El pintor francés quedó fascinado por una sociedad cuyas costumbres desafiaban muchas de sus propias certezas.
Durante sus años en la Polinesia, que terminarían en la remota isla de Hiva Oa, en las Marquesas, representó personajes de una notable ambigüedad, figuras en las que lo masculino y lo femenino parecen encontrarse sin necesidad de definirse.
Una de sus pinturas más enigmáticas, El hechicero de Hiva Oa (1902), muestra una figura de largos cabellos negros, una flor y una capa roja. Algunas interpretaciones de la obra sugieren que podría representar a un māhū, quizá una persona vinculada a las antiguas prácticas espirituales de las islas.
Hay una tentación frecuente cuando viajamos a lugares tan extraordinarios como la Polinesia Francesa: creer que su belleza reside únicamente en aquello que podemos fotografiar.
Las lagunas imposiblemente azules de Bora Bora. Las montañas verdes de Moorea. Los atolones de las Tuamotu. Las siluetas volcánicas de las Marquesas recortándose sobre el horizonte. Pero hay otra Polinesia, mucho menos evidente, que rara vez aparece en los catálogos turísticos y que difícilmente se descubre desde la terraza de una villa sobre el agua. Es la Polinesia de las conversaciones, de las familias, de las costumbres heredadas y de las pequeñas historias que explican cómo una comunidad ha aprendido a vivir.
La de los māhū es una de ellas. Su existencia nos recuerda que conceptos que consideramos universales pueden ser, en realidad, construcciones culturales. Que hay muchas maneras de entender la identidad, la familia y el lugar que cada persona ocupa en la sociedad. Tal vez aquella persona que nos recibió con una sonrisa al llegar al hotel no pretendiera enseñarnos absolutamente nada. Probablemente solo estaba haciendo su trabajo. Pero nosotros, sin saberlo, acabábamos de descubrir una pequeña puerta hacia una manera diferente de mirar el mundo.