Uyuni, Maras y otros paisajes de sal del mundo
Del Salar de Uyuni, en Bolivia, a las salinas de Maras, en Perú, pasando por Danakil, en Etiopía, y Makgadikgadi, en Botsuana, la sal dibuja paisajes muy distintos. Este recorrido explora su formación, las rutas comerciales que impulsó y los oficios que siguen ligados a ella.
La sal como paisaje y memoria
Decimos que algo tiene «la sal de la vida» cuando posee aquello que lo hace único, intenso o memorable. Antes de convertirse en metáfora, la sal transformó el mundo de una forma mucho más literal: conservó alimentos, abrió rutas comerciales y sostuvo comunidades.
Los salares naturales y las salinas trabajadas por el ser humano cuentan historias diferentes. En unos, la evaporación deja al descubierto la huella de antiguos lagos; en otras, el agua salina y el trabajo cotidiano construyen un paisaje de pozas y canales. Este viaje reúne ambas formas de mirar la sal.
Salar de Uyuni, Bolivia: el lugar donde desaparece el horizonte
Cuando la sal se acumula durante miles de años puede conservar la memoria de un lago desaparecido y es capaz de crear paisajes que desafían la lógica. Ningún lugar representa mejor esa paradoja que el Salar de Uyuni, un inmenso lago fósil situado a casi 3.700 metros de altitud, en pleno Altiplano boliviano.
El salar conserva la huella de antiguos lagos que ocuparon esta cuenca del Altiplano. Sus niveles variaron con el clima y, al retirarse el agua, quedó una extensa costra de sal. La NASA describe sus sedimentos como un registro de esos cambios. Bajo ella permanece una salmuera rica en litio, potasio y magnesio.
Resulta difícil imaginar una contradicción mayor: el paisaje que mejor simboliza el tiempo geológico es uno de los territorios más estratégicos para la revolución tecnológica del siglo XXI. Sus salmueras contienen importantes recursos de litio. Conviene distinguir recursos geológicos de reservas económicamente explotables, como hace el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS).
Sin embargo, el verdadero prodigio de Uyuni está sobre la sal. La superficie es tan extraordinariamente plana que los satélites de observación terrestre la utilizan como referencia para calibrar sus instrumentos. Hay pocos lugares en el planeta cuya uniformidad permita comprobar con tanta precisión que las mediciones realizadas desde cientos de kilómetros de altura siguen siendo exactas.
- Al caer la tarde, el agua refleja la luz del cielo junto a los islotes rocosos del salar de Uyuni en Kachilodge. —
- Una caravana y una cúpula transparente crean un refugio temporal en la inmensidad blanca de Uyuni. —
- Durante la estación seca, la superficie de Uyuni se cubre de polígonos de sal que se prolongan hasta el horizonte. —
- Una cena junto al fuego pone el broche al día en pleno salar de Uyuni.
El efecto espejo y la isla Incahuasi en Uyuni
En Uyuni casi todas las referencias desaparecen al mismo tiempo. Durante la estación seca, el blanco uniforme elimina la profundidad. Tras las primeras lluvias, basta una película de agua de apenas unos centímetros para que el paisaje se transforme en un espejo perfecto. El cielo se refleja con tal nitidez que resulta imposible distinguir dónde termina la tierra y comienza el aire.
El cerebro busca un horizonte que ya no existe y termina aceptando otra realidad. Hay otra paradoja escondida en mitad de esa inmensidad. De repente aparece una isla. Incahuasi emerge como un barco varado en un océano blanco. Los cactus gigantes que la cubren contrastan con el blanco del salar y recuerdan que esta inmensidad también tiene refugios para la vida.
Incluso la superficie bajo los pies está viva. Los hexágonos que cubren el salar no son un dibujo caprichoso. La evaporación y la circulación de agua salina bajo la costra contribuyen a formar estos patrones. Una investigación sobre los polígonos de sal relaciona sus bordes con movimientos de convección en el subsuelo.
Quizá esa sea la mayor lección de Uyuni. Nada en este lugar es exactamente lo que parece. El mayor desierto de sal del mundo fue un lago. Una isla sigue siendo una isla aunque el agua que la rodeaba haya desaparecido. El paisaje más antiguo esconde uno de los recursos más codiciados del futuro.
Danakil, Etiopía: las caravanas de sal
La producción industrial ha cambiado la forma de extraer y transportar la sal en buena parte del mundo. En la depresión de Danakil, al norte de Etiopía, todavía sigue recorriendo el desierto sobre el lomo de los camellos.
En la extracción tradicional, los trabajadores afares comienzan la jornada antes de que el calor convierta el paisaje en uno de los lugares más inhóspitos del planeta. La sal no se perfora ni se dinamita. Se corta. Primero abren largas grietas con hachas de acero. Después separan grandes losas rectangulares que vuelven a dividir hasta obtener bloques que pueden cargarse y transportarse.
Cuando el sol alcanza su punto más alto, la temperatura puede superar los 45 °C. La depresión de Danakil se encuentra a más de cien metros por debajo del nivel del mar y forma parte del Gran Valle del Rift, el inmenso sistema de fracturas que continúa separando las placas africana y arábiga.
Las caravanas aparecen una tras otra formando largas filas que parecen no terminar nunca. Los camellos transportan cargas de bloques de sal. Durante siglos, estos animales fueron un medio fundamental para sacar la riqueza del desierto hasta las montañas de Tigray, donde la sal llegó a utilizarse como moneda de cambio.
La paradoja resulta fascinante. En una época en la que el litio se ha convertido en un recurso estratégico para las baterías de vehículos eléctricos, en Danakil la sal continúa viajando al mismo ritmo que lo hacía cuando los imperios africanos dominaban las rutas comerciales del Cuerno de África.
Dallol: los colores de la actividad hidrotermal
En la misma depresión se encuentra Dallol, uno de los paisajes hidrotermales más extraordinarios del planeta. El blanco desaparece de repente. El azufre tiñe el suelo de amarillo, el hierro lo vuelve rojizo y las sales minerales dibujan piscinas de un verde imposible.
En pocos kilómetros se pasa del blanco absoluto al estallido de color más extremo que puede ofrecer la naturaleza. Mientras el mundo acelera, el desierto conserva el ritmo pausado de una de las rutas comerciales más antiguas que todavía permanecen vivas.
Makgadikgadi, Botsuana: salares, lluvias y migraciones
Los grandes salares suelen transmitir una idea de permanencia. La sal parece inmóvil, como si llevara miles de años esperando al viajero. Makgadikgadi demuestra exactamente lo contrario: la sal nunca termina de quedarse.
El noreste de Botsuana albergó un gran lago interior cuyos niveles cambiaron a lo largo del tiempo. Los salares actuales son parte de su legado, como explica la NASA al describir Makgadikgadi.
Cada año, con la llegada de las lluvias estivales, parte de las depresiones vuelve a inundarse. Cuando las condiciones lo permiten, la costra de sal desaparece bajo una fina lámina de agua y el antiguo lago parece recordar el paisaje que fue.
Las primeras en llegar son las aves acuáticas. Los flamencos aprovechan las lagunas temporales para alimentarse y, cuando las condiciones son favorables, criar. Poco después aparecen cebras, ñus y antílopes siguiendo una de las migraciones más desconocidas de África, en un territorio también vinculado a experiencias como Jack’s Camp y los safaris en las salinas de Makgadikgadi.
Las vallas ganaderas han alterado los desplazamientos de la fauna en Botsuana. La recuperación de conexiones entre territorios permite que las cebras vuelvan a recorrer rutas que enlazan pastos y agua: un recordatorio de que el paisaje no termina en la superficie blanca del salar.
Solo algunos baobabs rompen la uniformidad del paisaje. Árboles gigantescos que sobreviven como faros vegetales en mitad de un territorio donde casi todo cambia de aspecto con las estaciones. Makgadikgadi recuerda que la sal no es únicamente el resultado de la evaporación: también es una forma de conservar la memoria.
Salinas de Maras, Perú: la sal como herencia
Las salinas peruanas de Maras impresionan por su tamaño y por la paciencia que representan. Más de tres mil pequeñas piscinas escalonan la ladera de una montaña del Valle Sagrado de los Incas y siguen produciendo sal casi exactamente igual que hace siglos. Es uno de esos lugares que amplían la mirada sobre Perú más allá de Machu Picchu, como también ocurre en este viaje por los Andes peruanos.
El agua no procede del mar, sino de un manantial subterráneo extraordinariamente salino que brota de la montaña. Canal tras canal, llena lentamente cada poza hasta que el sol andino hace el resto.
Cada familia administra un conjunto de estanques cuya propiedad pasa de una generación a otra. No existe una gran explotación industrial. El paisaje combina la gestión familiar de las pozas con la organización comunitaria de la producción.
Quizá ese sea el verdadero valor de Maras. La sal sirve para conservar alimentos y también para mantener oficios, comunidades y una forma de entender el trabajo con raíces en tiempos prehispánicos.