Etiopia Danakil
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  • Inspirador

Uyuni, Maras y otros paisajes de sal del mundo

Escrito por: Bernardo Fuertes

Mucho antes de conservar alimentos o dar origen a la palabra «salario», la sal transformó paisajes, abrió rutas comerciales y dio forma a algunas de las huellas humanas y naturales más sorprendentes del planeta. Este recorrido viaja desde el Salar de Uyuni y el desierto de Danakil hasta Makgadikgadi y las salinas de Maras para descubrir cómo un mismo mineral puede convertirse en espejo, ruta comercial, memoria y herencia.

Gabrielle Maurer

Una medida del vacío

Mucho antes de conservar alimentos o dar nombre al salario, la sal modeló algunos de los paisajes más extraordinarios del planeta. Un viaje por desiertos blancos, minas subterráneas y salinas donde el silencio y la inmensidad cambian nuestra forma de mirar.

Decimos que algo tiene "la sal de la vida" cuando posee aquello que lo hace único, intenso o memorable. Mucho antes de convertirse en una metáfora, la sal transformó el mundo de una forma mucho más literal: conservó alimentos, abrió rutas comerciales, levantó ciudades y dejó tras de sí algunos de los paisajes más extraordinarios del planeta.

Diego Jimenez
En Uyuni, el cielo y la tierra se confunden hasta borrar una de nuestras referencias más básicas: el horizonte.

El lugar donde el horizonte desaparece

Cuando la sal se acumula durante miles de años conserva la memoria de un océano desaparecido y es capaz de crear paisajes que desafían la lógica. Ningún lugar representa mejor esa paradoja que el Salar de Uyuni, un inmenso lago fósil situado a casi 3.700 metros de altitud, en pleno Altiplano boliviano.

Hace casi 40.000 años, aquí se extendía el lago Minchin, una gigantesca masa de agua interior que ocupaba buena parte del sur de Bolivia. El clima cambió lentamente y el agua comenzó a retirarse, dejando tras de sí una costra de sal de entre dos y diez metros de espesor. Bajo ella permanece una salmuera rica en litio, potasio y magnesio.

Resulta difícil imaginar una contradicción mayor: el paisaje que mejor simboliza el tiempo geológico es uno de los territorios más estratégicos para la revolución tecnológica del siglo XXI. Bajo esta superficie se encuentra una gran parte de las reservas mundiales conocidas de litio.

Sin embargo, el verdadero prodigio de Uyuni está sobre la sal. La superficie es tan extraordinariamente plana que los satélites de observación terrestre la utilizan como referencia para calibrar sus instrumentos. Hay pocos lugares en el planeta cuya uniformidad permita comprobar con tanta precisión que las mediciones realizadas desde cientos de kilómetros de altura siguen siendo exactas.

  • Kachilodge
  • Uyuni
  • Kachilodge
  • Uyuni

Un océano sin agua en el Salar de Uyuni

En Uyuni casi todas las referencias desaparecen al mismo tiempo. Durante la estación seca, el blanco uniforme elimina la profundidad. Tras las primeras lluvias, basta una película de agua de apenas unos centímetros para que el paisaje se transforme en un espejo perfecto. El cielo se refleja con tal nitidez que resulta imposible distinguir dónde termina la tierra y comienza el aire.

El cerebro busca un horizonte que ya no existe y termina aceptando otra realidad. Hay otra paradoja escondida en mitad de esa inmensidad. De repente aparece una isla. Incahuasi emerge como un barco varado en un océano blanco. Los cactus gigantes que la cubren, algunos con más de un millar de años de antigüedad, crecen sobre la antigua cima de un arrecife de coral y piedra caliza.

Incluso la superficie bajo los pies está viva. Los hexágonos que cubren el salar no son un dibujo caprichoso. Se forman porque la sal continúa cristalizando desde el subsuelo. Cada figura empuja a la siguiente en un proceso imperceptible que nunca termina.

Quizá esa sea la mayor lección de Uyuni. Nada en este lugar es exactamente lo que parece. El mayor desierto de sal del mundo fue un lago. Una isla sigue siendo una isla aunque ya no exista el mar que la rodeaba. El paisaje más antiguo esconde uno de los recursos más codiciados del futuro.

Mientras el mundo acelera, en Danakil la sal todavía viaja al ritmo lento de las caravanas.

La última caravana de sal

En casi todo el mundo la sal dejó hace siglos de ser un bien estratégico. Se extrae de forma industrial, viaja en camiones y termina en supermercados donde cuesta apenas unos céntimos. En la depresión de Danakil, al norte de Etiopía, todavía sigue recorriendo el desierto sobre el lomo de los camellos.

Cada amanecer, decenas de hombres afars comienzan a trabajar antes de que el calor convierta el paisaje en uno de los lugares más inhóspitos del planeta. La sal no se perfora ni se dinamita. Se corta. Primero abren largas grietas con hachas de acero. Después separan grandes losas rectangulares que vuelven a dividir hasta obtener bloques de unos cuatro kilos.

Cuando el sol alcanza su punto más alto, la temperatura puede superar los 45 °C. La depresión de Danakil se encuentra a más de cien metros por debajo del nivel del mar y forma parte del Gran Valle del Rift, el inmenso sistema de fracturas que continúa separando las placas africana y arábiga.

Las caravanas aparecen una tras otra formando largas filas que parecen no terminar nunca. Cada camello transporta entre veinte y treinta bloques de sal. Durante siglos, estos animales fueron el único medio para sacar la riqueza del desierto hasta las montañas de Tigray, donde la sal llegó a utilizarse como moneda de cambio.

Danakil
En la depresión de Danakil, Etiopía,
Danakil
las caravanas de camellos siguen transportando bloques de sal por una de las rutas comerciales más antiguas del Cuerno de África.

La paradoja resulta fascinante. En una época en la que el litio enterrado bajo Uyuni alimenta baterías para vehículos eléctricos, en Danakil la sal continúa viajando al mismo ritmo que lo hacía cuando los imperios africanos dominaban las rutas comerciales del Cuerno de África.

Muy cerca de las salinas emerge Dallol, uno de los paisajes hidrotermales más extraordinarios del planeta. El blanco desaparece de repente. El azufre tiñe el suelo de amarillo, el hierro lo vuelve rojizo y las sales minerales dibujan piscinas de un verde imposible.

En pocos kilómetros se pasa del blanco absoluto al estallido de color más extremo que puede ofrecer la naturaleza. Mientras el mundo acelera, el desierto conserva el ritmo pausado de una de las rutas comerciales más antiguas que todavía permanecen vivas.

La sal conserva la memoria del agua

Los grandes salares suelen transmitir una idea de permanencia. La sal parece inmóvil, como si llevara miles de años esperando al viajero. Makgadikgadi demuestra exactamente lo contrario: la sal nunca termina de quedarse.

Hace unos 200.000 años, el noreste de Botsuana estaba cubierto por un inmenso lago interior de unos 80.000 kilómetros cuadrados. El lago comenzó a evaporarse, dejando un inmenso mosaico de salares que hoy forma uno de los paisajes más singulares de África.

Cada año, con la llegada de las lluvias estivales, parte de las depresiones vuelve a inundarse. Durante unas semanas, la costra de sal desaparece bajo una fina lámina de agua y el antiguo lago parece recordar el paisaje que fue.

Las primeras en llegar son las aves acuáticas. Miles de flamencos aprovechan las lagunas temporales para alimentarse y criar. Poco después aparecen cebras, ñus y antílopes siguiendo una de las migraciones más desconocidas de África, en un territorio también vinculado a experiencias como Jack’s Camp y los safaris en las salinas de Makgadikgadi.

Makgadikgadi
Makgadikgadi
Makgadikgadi
Makgadikgadi
Makgadikgadi
Makgadikgadi
Makgadikgadi
Makgadikgadi

Durante décadas se creyó que aquellos desplazamientos habían desaparecido para siempre, interrumpidos por las vallas ganaderas levantadas durante el siglo XX. Sin embargo, cuando parte de esas barreras fueron retiradas, las cebras recuperaron casi de inmediato una ruta migratoria ancestral que permanecía grabada en su comportamiento.

Solo algunos baobabs rompen la uniformidad del paisaje. Árboles gigantescos que sobreviven como faros vegetales en mitad de un territorio donde casi todo cambia de aspecto con las estaciones. Makgadikgadi recuerda que la sal no es únicamente el resultado de la evaporación: también es una forma de conservar la memoria.

La sal no solo conserva alimentos: también conserva la memoria de antiguos océanos desaparecidos.
Maras Stuart Croft

Maras, la sal como herencia

Las salinas peruanas de Maras impresionan por su tamaño y por la paciencia que representan. Más de tres mil pequeñas piscinas escalonan la ladera de una montaña del Valle Sagrado de los Incas y siguen produciendo sal casi exactamente igual que hace siglos. Es uno de esos lugares que amplían la mirada sobre Perú más allá de Machu Picchu, como también ocurre en este viaje por los Andes peruanos.

El agua no procede del mar, sino de un manantial subterráneo extraordinariamente salino que brota de la montaña. Canal tras canal, llena lentamente cada poza hasta que el sol andino hace el resto.

Cada familia administra un conjunto de estanques cuya propiedad pasa de una generación a otra. No existe una gran explotación industrial. El paisaje entero funciona como una cooperativa heredada durante siglos.

Quizá ese sea el verdadero valor de Maras. La sal sirve para conservar alimentos y también para mantener oficios, comunidades y una forma de entender el trabajo que ha sobrevivido prácticamente intacta desde tiempos prehispánicos.

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