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Perú: Lo que no se ve en las fotos

Alberto Rodríguez, travel designer de Elefant Travel

Entre una inmensa oscuridad, tan solo rota por el parpadeo de las luces del ala del avión, iban apareciendo poco a poco luces como luciérnagas que se encienden repentinamente. A quince minutos para aterrizar, solo se apreciaban grandes espacios industriales. Nada parecía adivinar lo que en los próximos días se avecinaría.

La primera noche fue meramente de paso en un hotel junto al aeropuerto de Lima. Podría haber estado en muchos lugares, pero las coloridas prendas, las peculiares trenzas y el bonito tono de piel chocolate que vi en las personas que descansaban tumbadas sobre la pasarela que cruzaba hacia el hotel me indicaba que no.

Me recibieron con un pisco, la bebida local más conocida, acompañada de “cancha”, un tipo de maíz que sirven tostado y con sal. Descubrí que la cancha podría ser el sustituto de las almendras tostadas y saladas a las que estaba acostumbrado en los bares más castizos de Madrid.

Las coloridas prendas, las peculiares trenzas y el bonito tono de piel chocolate que vi en las personas que descansaban tumbadas sobre la pasarela que cruzaba hacia el hotel me indicaba que estaba en Lima

Al día siguiente, sobrevolé la costa desde Lima hacia el norte durante más de una hora; comenzaría el viaje al contrario de lo habitual: en la playa. Desde el avión, se notó un drástico cambio, pasando de un ambiente montañoso al más árido desierto que se extendía hasta que el propio aire te impedía ver desde la ventanilla del avión.

Tierra y arbustos conformaban el único paisaje que parecía existir. Aterricé en un minúsculo aeropuerto y recogí la maleta en la única cinta de recogida de equipajes existente. Tuve que coger un taxi para llegar a Máncora en un trayecto relativamente largo. 

La aridez nos acompañó durante el viaje en coche para, de repente, cambiar hacia una agradable humedad oceánica. Poco a poco comenzaban a brotar formaciones vegetales hasta que visualicé construcciones costeras donde se encontraría mi inesperado retiro paradisíaco.

El centro histórico de Lima, declarado Patrimonio de la Humanidad, se caracteriza por una serie de edificios de la denominada arquitectura virreinal. Este estilo arquitectónico se desarrolló durante el Virreinato del Perú, entre los siglos XVI y XIX y fue una adaptación de los estilos barroco y rococó europeos. 

Uno de los elementos más característicos de este estilo son los balcones cerrados con artesonados de madera.

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Los característicos balcones cerrados de las casas del centro histórico de Lima. Foto: Manuel G. Olaechea

Kichic era el paraíso, pero distinto del concepto que tenemos en mente teniendo como referencia lugares como Maldivas o Polinesia Francesa. Kichic es un lugar del mundo distinto, que debería tener su estatus propio. Situado en la población pesquera de Máncora, este pequeño conjunto de habitaciones a lo que no se puede llamar hotel me hizo sentir relajado como hacía mucho tiempo no lo estaba. 

Parecía haber llegado a casa de unos amigos que te reciben siempre con una sonrisa. La brisa del mar, a ratos enfurecido, el sonido del oleaje del Pacífico, la comida más exquisita que podíamos imaginar con todo tipo de elaboraciones con atún como base… No había prisa, el tiempo se había parado y no queríamos reactivarlo.

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Kichic está situado a pocos kilómetros de Máncora, población balneario de gran atractivo hoy en día para los surfistas que desean descubrir las olas del Pacífico
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Interior de Kichic, un conjunto de exclusivas habitaciones donde priman el relax y la calma

El último día, simplemente no me quería ir pero el viaje debía continuar. Cerré los ojos; al abrirlos, una capa de nubes cubría el cielo. Repentinamente, me vi inmerso en una densa capa blanca cuando el azul del cielo se empezaba a vislumbrar. Un manto blanco infinito servía de suelo para la inmensidad azul, atravesado por gigantes iceberg de tierra flotante: la cordillera de los Andes. La inmensa cordillera cuenta con picos que superan, con mucho, los 6.000 metros.

Tras el descanso de los últimos días, desde aquel momento se desencadenó la emoción e hiperactividad que sientes cuando vas a un lugar nuevo. Quería fijar en mi memoria cada detalle que veía: la forma en la que se estructuraban las calles de las ciudades, su arquitectura, los coches y tuk tuks moviéndose como hormigas en una larga hilera, el comportamiento de los habitantes… Intentaba mentalizar el acento al hablar para diferenciarlo del de los vecinos de otros países; tarea imposible, por cierto.

Los incas diseñaron la capital de su imperio, Cuzco, con forma de puma que, junto con el cóndor y la serpiente, eran sus animales sagrados. El puma simboliza la fuerza, la sabiduría y la naturaleza

Aterrizamos en el aeropuerto de Cuzco. Más conocida que retratada, la antigua capital del Imperio Inca te muestra bellezas históricas, algunas de ellas con 3.000 años de antigüedad, otras de la época colonial; mercados locales y lugares donde lo contemporáneo y el abanico de coloridos tonos te hacía saber dónde estabas.

Al caer el Sol, Cuzco se convierte en una ciudad mágica. Asentada en un valle casi circular, las luces de los asépticos barrios sobre las laderas colindantes hacen que cientos de luciérnagas parezcan flotar en la oscuridad como estrellas al alcance de la mano. 

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Muchas prendas se confeccionan con lana de alpaca, que actúa como un termoregulador natural

Los coloridos tejidos y bordados de los vestidos tradicionales en Cuzco son una de las artesanías andinas que ha sobrevivido desde los tiempos prehispánicos hasta la actualidad con pocas variaciones.

Las prendas más características del traje tradicional son el chumpi (cinturón), la lliclla (manta femenina) y la chuspa (bolsa).

Muchas de las mujeres de ciudades como Cuzco siguen vistiendo hoy en día con sus vestidos tradicionales.

El Valle Sagrado

Continuaría el periplo con una inmersión de lleno en el alma de Perú: el Valle Sagrado de los Incas. El valle se extiende más de 200 kilómetros a lo largo del Río Vilcanota. Un amable conductor llamado Tomás me recogió en el aeropuerto de Cuzco y me introdujo en esta mágica región. 

Tomás conducía por las escarpadas carreteras de montaña con giros agudos que me regalaban panorámicas cada vez más impresionantes a medida que ascendías en altura. El pulso se me aceleraba en una conjunción de emoción y falta de oxígeno por la altitud.  El tranquilo conductor comenzó a nutrir mis ansias de saber más con respuestas sinceras sobre diferentes aspectos del país, curiosidades sobre sus habitantes o las diferencias entre los tipos de maíz y las infinitas variedades de patata.

“Tenemos más de 3.000 variedades de papa”, decía. Decidió frenar el coche y pedir para mí un “choclo”, maíz hervido con queso de vaca que frenó el crujir de mi estómago un tiempo.

La "puna" es como se conoce al ecosistema existente por encima de los 3.700 metros donde habitan las llamas y alpacas y desde donde se puede disfrutar de unas vertiginosas vistas de pájaro sobre el valle

Por fin llegué a Explora Valle Sagrado, mi alojamiento durante las próximas tres noches, donde podría evadirme del estrés de la ciudad entre campos de maíz y montañas andinas como telón de fondo.  El primer día, comenzaría desde la pequeña comunidad de Viachas un descenso de casi diez kilómetros a la actual ciudad de Pisaq.

Junto con otros cuatro huéspedes, caminábamos solos en una ruta por campos agrícolas y pequeños riachuelos tan solo acompañados de algunos animales y los habitantes locales, pudiendo divisar a lo lejos el complejo arqueológico de Pisaq, situado a 3.300 metros de altitud. Parecía un pequeño Machu Picchu que se elevaba tímidamente en mitad de un valle protegido por gigantes allá donde mirases. 

Las perspectivas que tuve en varios puntos de la primera parte de la ruta fueron únicas. Lo valoraría más a medida que descendiera y me topase con otros visitantes. Sin duda, la conexión que sientes con el lugar que transitas y el modo de ver los lugares más destacados hace que no se te olvide esa experiencia en sí.

Los guías te llevan incluso por otras entradas de los monumentos para que los puedas disfrutar. Podría ver todos aquellos lugares y fotografiarlos desde numerosas perspectivas mientras disfrutaba de la naturaleza. 

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  • El Valle Sagrado fue en la época inca un territorio muy productivo para la agricultura, con cultivos de maíz, papa, olluco, quinoa y hoja de coca
  • Pisac, en el Valle Sagrado, cuenta con altares, pozos de agua y el cementerio más antiguo de Sudamérica
  • Las llamas son utilizadas por los pobladores andinos por su carne, lana y para transportar mercancías
  • El cóndor era uno de los animales sagrados de los Incas que creían que comunicaba el mundo superior con el terrenal

El resto de la tarde la dediqué a disfrutar del spa, nadar en la piscina climatizada exterior y socializar durante las reuniones diarias para preparar las rutas del día siguiente. La noche culminaría con una exquisita cena que abrí con el primero de tantos ceviches, acompañada de una copa de vino chileno y mucha agua para que el cuerpo se adapte a la altitud.

Incluso a aquellos que no sean grandes amantes de las rutas a pie, esta es una experiencia ineludible en Perú. El segundo de los días completos en la región me animé a realizar una ruta más larga para llegar a Maras y Moray. Por supuesto, son lugares de grandísima belleza e importancia cultural: terrazas de producción de sal enclavadas en un valle con tonos rosados y ocres construidas por los españoles donde sorprendentemente la sal se obtiene desde acuíferos minerales, en el caso de Maras.

Terrazas perfectamente circulares concéntricas donde en otros tiempos se hubiera discutido de lo marciano de su origen, pero que resulta ser un centro de investigación agrícola en época de los incas, en el caso de Moray.

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Las salineras de Maras están formadas por más de 3.000 pozos de sal natural que se originaron hace 110 millones de años
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Se cree que los círculos de Moray eran utilizados por los incas para probar diferentes cultivos en los microclimas que se creaban en cada una de las terrazas concéntricas

Machu Picchu me esperaba pacientemente. Para adentrarnos en la histórica ciudadela decidimos, una vez más, realizar una caminata por el último tramo del Camino del Inca que te lleva durante siete horas por la ruta que esta civilización seguía para llegar a este enclave.

El camino fue, para mi sorpresa, de una belleza reseñable. El valle, inaccesible por carretera, te regala vistas verdes infinitas y otras ruinas espectaculares que, de no ser por su competencia vecina, serían lugares con los que cualquiera soñaría visitar. El largo camino no te hace adivinar lo que te espera, simplemente te lleva a un estado de desconexión donde te sientes un pequeño participante de un paisaje salvaje.

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El camino del inca está formado por 43 kilómetros de camino entre bosques, con escalones milenarios y unas vistas impresionantes
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Machu Picchu fue construida alrededor del s.XV sobre una de las líneas geodésicas de la Tierra, de ahí la energía que emana este lugar sagrado para los incas

Por fin, mi guía me anunciaba la ansiada proximidad a nuestro objetivo. Un último tramo y una acumulación de visitantes, pequeñas estructuras pétreas, pasos cansados, ansias de llegar. “La Puerta del Sol”, decía mientras señalaba esa estructura de trabajo en piedra. Estupefacción. No era posible. En el meandro de un río lejano se eleva una abrupta montaña cuyas hermanas se levantan más cerca del manto azul, todas ellas cubiertas por una frondosa vegetación y protegiendo en círculo a la central, Machu Picchu.

No lo había visto en fotos. Algo así no puede retratarse. 

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Alberto Rodríguez, travel designer de Elefant Travel, en Pisac
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