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Los muertitos de Pomuch

Inge Serrano, redactora jefe

Decía Frida Kahlo que le temía más a una vida no vivida que a la muerte. Y es que en México, su país, el culto a la muerte es vivido de una forma única y ancestral,  parecida a como lo vivían los antiguos pobladores del país hace más de 3.000 años, cuando la muerte representaba el final de un ciclo y el inicio de otro y se veneraba a la diosa Mictecacihualt, conocida como “La Dama de la Muerte”, esposa del dios Mictlantecutli, “Señor de la Tierra de los Muertos”. 

Según esta tradición del “Día de los Muertos”, que se celebra cada año el 1 y 2 de noviembre, el vínculo entre los vivos y los muertos se mantiene más allá de la muerte física y se cree que los difuntos regresan cada año para estar con la familia. Por este motivo, en estas fechas, les preparan en las casas y pueblos diferentes ofrendas y “altares” para que no se sientan olvidados y vuelvan a visitarles en el futuro con el fin de no romper la cadena familiar.

En algunos lugares de México, el culto a la muerte se vive de una forma única y ancestral que no ha variado en los últimos 3.000 años

La evangelización católica de México en la época del colonialismo cambió el simbolismo de muchos de estos ritos. Por otro lado, el consumismo y la globalización actuales han desvirtuado el verdadero sentido de esta tradición, reduciéndola a una serie de festejos de carácter turístico y folclórico en la mayoría de lugares. Pero no en todo el país.

La "Catrina" es el símbolo del "Día de los Muertos" en México. La gran dama de la muerte apareció por primera vez en 1912.

Su creador fue el ilustrador mexicano José Guadalupe Posada. Su nombre original era "La Calavera Garbancera" y nació como una crítica al clasismo de la sociedad mexicana de la época.

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Los alegres colores, maquillaje y flores utilizados para celebrar el "Día de los Muertos" contrastan con la imagen oscura y macabra de la muerte en otras culturas

En la provincia de Campeche, en la península del Yucatán, Pomuch es un pueblecito de poco más de 8.000 habitantes, apartado de las rutas turísticas y donde cada año se rinde culto a los difuntos de una forma singular y característica.

Días antes del 2 de noviembre, las casas se preparan para este festejo montando los conocidos altares, pintando paredes, puertas y ventanas, limpiando el ajuar y cocinando aquellos platos preferidos de los familiares difuntos y otros tradicionales como el “Pibipollo”, una gran masa de maíz rellena de pollo y cochinita pibil, condimentada con achiote y cocinada en hornos enterrados en la tierra.

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Según la tradición de Pomuch, las tumbas de los matrimonios se ponen una frente a otra y semiabiertas para que puedan seguir viéndose
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Entrada al cementerio de Pomuch, un pueblo remoto en la provincia de Yucatán

Antes o después de esa ceremonia doméstica, las familias pomucheñas se dirigen al cementerio, caracterizado por los vivos colores de sus paredes y tumbas. Allí, a partir del tercer año de la muerte del difunto, los familiares desentierran los restos de sus “muertitos” y los ponen a secar al Sol.

Después, van limpiando con mucho amor y cariño hueso a hueso y los depositan en unas cajitas de madera cubiertas por un mantelito blanco que previamente han bordado con flores multicolores.  Una vez los huesos están en la cajita, se coloca el cráneo en la parte superior y no se cierra del todo la tapa para que, según ellos, “el muertito pueda tomar el Sol y salir de la caja cuando quiera”.

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  • Cada año, las familias van al cementerio y extraen las cajas de madera donde reposan los restos de sus familiares
  • Su manera de honrar a sus seres queridos es limpiando con mucho amor y ternura las cajitas y los huesos
  • Los huesos se envuelven con cuidado en finos manteles de algodón blanco bordados a mano con motivos florales
  • Las cajas se mantienen semiabiertas con el cráneo visible para que el difunto pueda serguir viendo la realidad que le rodea. Fotos: Jesús Serrano

Esta tradición, única en el país, hace que el cementerio de Pomuch no sea algo oscuro y macabro, sino un lugar de luz y color, donde la vida y la muerte se abrazan y en el que en cada rincón se siente el amor, respeto y cuidado hacia aquellos que, según los mayas, hace tiempo no murieron sino que emprendieron su gran viaje hacia el inframundo.

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