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  • Romántico

Polinesia: El paraíso en la Tierra

Redacción

Mi amor por las Islas del Pacífico viene de hace muchos años, cuando cayó en mis manos el libro “Bora Bora”, del periodista y escritor Alberto Vázquez Figueroa.…

Poco sabía yo en ese momento que mis inicios en el mundo del turismo iban a ir encaminados hacia esa dirección: convertirme en una especialista, primero de Polinesia, para luego continuar con las Islas Fiji, Islas Cook, Australia y Nueva Zelanda.

Mi primer contacto con el Pacífico fue en el 2002, cuando visité por primera vez la Polinesia francesa. Polinesia cuenta con 118 islas repartidas en cinco archipiélagos: La Sociedad, las Tuamotu, las Marquesas, las Australes y las Gambiers. Estas dos últimas para viajeros que vayan a la búsqueda de lo auténtico y sepan valorar alojamientos con encanto, aunque algo rústicos y puedan pasar unos días sin wifi.

De todas las islas que he podido visitar en las diferentes ocasiones en que he tenido la suerte de ir, me sería imposible elegir una de ellas. Cada una tiene su encanto y sinceramente un buen viaje a Polinesia merece la visita de varias islas

La primera vez que llegué a Bora Bora el aterrizaje se convirtió en una experiencia inolvidable por sí misma: Pista de aterrizaje en medio de una lengua de tierra, agua a cada lado y tan solo bajar y ver las aguas cristalinas de su laguna hicieron que una lágrima rodara por mi cara, sin poder evitarlo… esa primera impresión no la olvidaré nunca, y aunque luego he regresado en otras ocasiones, la primera siempre queda en el recuerdo.

Bora Bora es una de las islas a las que hay que ir, porque, aunque sea la más icónica y visitada, no deja de tener un encanto especial y casi todos sus bungalows en el agua ofrecen unas vistas preciosas al famoso volcán Otemanu, en el centro de la isla.  

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En el centro de Bora Bora, el Otemanu es un volcán extinto de 727 metros
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La poca profundidad de la costa es ideal para disfrutar de actividades como el kayak

Si la visita a Bora-Bora se combina con la Isla de Taha’a, conocida como la isla de la vainilla, el viaje será aún más completo. En mi caso, en un segundo viaje a las islas, lo hice al revés: empecé por Taha’a y cuando iba a tomar el vuelo a Bora Bora, me llevaron en un cochecito de golf hasta el helipuerto, sin tener idea de donde me llevaban, y allí estaba un helicóptero esperando para el traslado, en un vuelo privado, hasta nuestro siguiente destino: Es ésta una experiencia única y mágica, pues el trayecto de sobrevolar Taha’a, hasta llegar a Bora Bora es en sí mismo un regalo.  

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El lujo de viajar a Polinesia consiste en descubrir la autenticidad de estas islas, donde parece que el tiempo se ha detenido

Y para acabar un viaje a Polinesia que se precie, yo no dejaría de visitar uno de los atolones del archipiélago de las Tuamotu. Ya sea Rangiroa, Tikehau, Manihi o Fakarava, cualquier de ellas ofrece una visión diferente de lo que es la Polinesia. Estaremos dejando las montañas y los volcanes para adentrarnos en atolones, donde no hay ni una barrera que obstaculice la vista.

En el archipiélago de la Sociedad todas las islas cuentan con volcanes y altas montañas, que ofrecen, además de aguas cristalinas, la opción de realizar actividades en quads, coches 4x4, trekkings o incluso visitas a caballo, como en Raiatea. Pero en las Tuamotu, al ser atolones, no hay ni una sola montaña, todo está al nivel del mar y toda la vida y las actividades giran en torno a él.  Aquí es donde se encuentran las célebres granjas de perlas y los medios de transporte son la motocicleta, las bicicletas o las embarcaciones.

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  • En Rangiroa podemos vivir una aténtica experiencia al estilo Robinson del s.XXI
  • Tan solo hace falta practicar un rato de snorkel para maravillarse con los fondos marinos de Polinesia
  • Raiatea es la segunda isla más grande del archipiélago, después de Tahití
  • En los fondos de Polinesia existen más de 1.000 especies marinas y 20 especies diferentes de tiburones
Las islas Marquesas han sido objeto de deseo para numerosos artistas occidentales, ansiosos por encontrar lugares de naturaleza exótica y auténtica

Una de las actividades que más disfruté en Rangiroa, fue el avistamiento de delfines en el Paso de Tiputa: Sobre las 5 de la tarde se produce un cambio de corrientes en este paso y pude avistar las manadas de delfines, sentada tranquilamente en un banco de la playa mientras éstos se divertían saltando sobre las olas. Y como no, la maravillosa Blue Lagoon, en este mismo atolón.

Fue increíble cuando llegué a una playa desiertas y paradisíaca donde solo se puede llegar en barco. Disfruté de un tiempo para pasear, pescar “la comida” desde el barco, que luego el guía cocinó en una barbacoa en la playa y, al acabar, tiré las sobras del pescado a los pequeños tiburones que se habían acercado tímidamente, al notar el olor del pescado cocinado. 

¡Es impresionante tener los pies en el agua y a los tiburones bebé a un metro de ti, haciéndote cosquillas mientras te rozan la pierna! Ya de vuelta, tuve la oportunidad de parar en medio de la laguna, me bañé e hice snorkel sorprendida por los tiburones de mayor tamaño que aparecieron. Impresiona mucho estar nadando con 30 o 40 o tiburones de unos 2 metros que me rodeaban. No nos engañemos, llegó un momento, que decidí que la fotos desde el barco iban a ser mejores. 
 

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La "Blue Lagoon" es una laguna dentro de la laguna rodeada de pequeñas islas repletas de cocoteros y con importantes arrecifes de coral en sus costas
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Las rayas son animales carnívoros que se alimentan de pequeños invertebrados, especialmente de moluscos

Refugio de artistas

Si uno quiere alargar más el viaje y está interesado en la cultura maorí más auténtica, en Paul Gauguin o en Jacques Brel, las islas que hay que visitar son sin duda las Marquesas. Este archipiélago sería el más parecido a las Isla de Hawaii, por sus acantilados y formaciones rocosas, aunque con menos infraestructura y más vírgenes.

Las islas Marquesas han sido objeto de deseo para numerosos artistas e intelectuales, deseosos de encontrar lugares de naturaleza exótica y auténtica. Ese fue el caso del escritor Robert L. Stevenson, el también escritor Jack London o el pintor Paul Gauguin , cuyos restos descansan en Atuona, la capital de Hiva Oa, la segunda isla más grande del archipiélago. Sin embargo, todos ellos deben su curiosidad por las Marquesas al escritor estadounidense Herman Melville, el primero que las plasmó en una obra artística.

El autor de Moby Dick llegó a las Marquesas en 1842 –coincidiendo con la fecha en que Francia tomó posesión del archipiélago- a bordo de un barco ballenero y con la intención de escapar de su encierro marítimo a la primera de cambio. Abandonó el barco con un amigo y fue a caer en manos de los taipi, una de las tribus caníbales de los Mares del Sur.

Permaneció entre los taipi durante un mes, hasta que los indígenas lo vendieron a otro barco ballenero. Melville fue así el primero de muchos intelectuales y artistas atraídos por la belleza y la autenticidad de este paraíso en la Tierra.
 

El archipiélago de las Marquesas recibió su nombre del español Álvaro de Mendaña que las descubrió en 1595, llamándolas «Islas Marquesas de Mendoza» en honor al entonces virrey de Perú García Hurtado de Mendoza y Manríquez, marqués de Cañete

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El archipiélago consta de seis islas, seis islotes y algunos bancos de arena y escollos

Aunque a veces hay gente que me dice que no vale la pena ir tan lejos, sólo para estar en la playa, os aseguro que, hasta que no hayáis estado, no hayáis visto los colores del mar y del cielo, no hayáis olido los profundos aromas de las flores, ni hayáis podido hablar con sus gentes, no os podréis llegar a hacer una idea de lo que realmente es la Polinesia Francesa.

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Esther Ramon navegando en aguas de la isla de Ragiaroa
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