Iban Lopez Luna para Pexels Japón milenario
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Japón milenario: tradiciones que siguen vivas

Escrito por: Bernardo Fuertes

En Japón, el pasado se reconstruye, se afila, se sirve, se representa y vuelve a comenzar. Habita en la madera renovada de un templo, en la hoja de un cuchillo que necesita cuidados constantes, en la preparación de una taza de té o en los movimientos que preceden a un combate de sumo.

Todo permanece porque cada generación ha aceptado repetirlo y, al repetirlo, transformarlo. El tiempo continúa siendo un oficio. Talleres, cocinas, casas de té, ryokan y escenarios en los que una acción aparentemente sencilla concentra siglos de conocimiento. En Japón, mil años son la distancia que puede recorrer un gesto cuando alguien decide enseñarlo de nuevo.

Una relación con el tiempo que también aparece, de formas muy distintas, en otros lugares de Asia, como en los monasterios de Bután, donde la transmisión sigue siendo parte esencial de la vida cotidiana.

El ryokan más antiguo del mundo abrió en el año 705. El Nishiyama Onsen Keiunkan lleva más de trece siglos recibiendo huéspedes en la prefectura de Yamanashi.
Nailiang

La habitación está casi vacía cuando llega el huésped. Un suelo de tatami, una mesa baja, algunos cojines y una hornacina con flores o caligrafía. Horas después, mientras cena o se encuentra en el baño, el espacio cambia: la mesa desaparece, los futones ocupan el suelo y la sala se convierte en dormitorio. A la mañana siguiente, la operación se invierte.

Esa capacidad de transformación resume la lógica del ryokan. Las puertas correderas unen o separan ambientes, los armarios esconden la ropa de cama y el tatami funciona incluso como unidad para medir la estancia.

Algunos ryokan conservan una continuidad difícil de imaginar. El Nishiyama Onsen Keiunkan, en la prefectura de Yamanashi, abrió en el año 705 y está reconocido como el hotel en funcionamiento más antiguo del mundo. Ha sobrevivido a guerras, incendios, terremotos y cambios sociales, aunque sus edificios hayan tenido que renovarse muchas veces.

En un ryokan, conservar significa preservar una manera de recibir. Las zapatillas aparecen orientadas hacia la salida, el té espera a la temperatura adecuada, la cena incorpora ingredientes de temporada y el futón queda preparado antes de que el huésped regrese.

Todo parece sencillo porque la complejidad ha sido cuidadosamente retirada de la escena. Una idea del lujo muy próxima a la que exploramos en El lujo después del ruido: menos acumulación y más tiempo, atención y experiencia.

Hoshinoya Fuji
Vistas desde el Hoshinoya Fuji en otoño.
Hoshinoya Fuji
Arces y bosque caducifolio envuelven los ryokan de las montañas japonesas.
Los cuchillos de Sakai deben parte de su historia al tabaco portugués. En el siglo XVI, los artesanos locales desarrollaron hojas específicas para cortar sus hojas con precisión.

Antes de convertirse en una herramienta de la cocina japonesa, el cuchillo de Sakai sirvió para cortar tabaco. La ciudad ya contaba con tradición metalúrgica cuando, en el siglo XVI, el tabaco llegado a Japón a través de los portugueses comenzó a cultivarse en el archipiélago. Sus hojas exigían cortes finos y los artesanos locales desarrollaron cuchillos específicos para trabajarlas.

Durante el periodo Edo, el gobierno autorizó que aquellos cuchillos llevaran el sello Sakai Kiwame, una marca que certificaba su calidad superior. El producto quedó protegido como monopolio y su fama se extendió por Japón. Mucho antes de que los cocineros buscaran allí sus cuchillos, Sakai ya era conocida por el filo de sus hojas para tabaco.

Su fabricación conserva otra particularidad: un cuchillo puede ser obra de varios maestros. Uno calienta y martillea el metal; otro crea y afina el filo; un tercero coloca el mango. Cada fase exige conocimientos distintos y puede realizarse en talleres independientes.

Dos cuchillos aparentemente iguales nunca son idénticos. Longitud, grosor, equilibrio y ángulo del filo pueden ajustarse al milímetro según la mano y el trabajo de quien vaya a utilizarlos.

La continuidad de estas hojas no depende de reproducir exactamente un objeto, sino de mantener viva una cadena de conocimientos y de manos capaces de transformarlo.

Aman Kyoto te matcha
Preparación del té matcha.
Aman Kyoto te matcha
Ceremonia del té en el hotel Aman Kyoto.
Sen no Rikyū convirtió la ceremonia del té en una disciplina basada en gestos aparentemente simples. Su idea era radical: la dificultad no estaba en conocer las reglas, sino en cumplirlas siempre.

Todo para una taza que desaparecerá

El té llegó a Japón desde China ligado a los monasterios y a la corte. En el siglo IX todavía era una bebida reservada a unos pocos; siglos después, los guerreros organizaban concursos para distinguir su procedencia y apostaban mientras exhibían costosos utensilios importados.

De aquellas reuniones ruidosas surgiría, mediante un lento proceso de depuración, una ceremonia construida alrededor del silencio.

Sen no Rikyū, nacido en Sakai en 1522, redujo los espacios, favoreció utensilios sencillos y convirtió la preparación de una taza de matcha en una disciplina donde nada resulta accesorio. El carbón determina la temperatura del agua; la flor recuerda la estación; la caligrafía introduce un pensamiento; el cuenco se escoge para una ocasión que no volverá a repetirse.

Cuando le pidieron que explicara el camino del té, Rikyū enumeró siete reglas aparentemente elementales: preparar una taza satisfactoria, conseguir que el agua hierva correctamente, sugerir frescor en verano y calor en invierno, colocar las flores como en el campo, adelantarse a los acontecimientos, prever la lluvia y atender a los invitados. Ante quien consideró aquello demasiado sencillo, respondió que se haría discípulo de quien lograra hacerlo siempre.

La ceremonia puede durar horas alrededor de una bebida que desaparece en minutos. El té fue también una extraordinaria vía de comunicación entre culturas. En China, el camino del té y del caballo seguimos otra de sus historias: la de las antiguas rutas que conectaron Yunnan con el Tíbet.

Aman de Kyoto
Amanemu cocina japonesa

El sushi comenzó lejos de la barra refinada con la que hoy se identifica. Sus formas más antiguas utilizaban arroz y sal para fermentar el pescado durante meses; el grano cumplía una función de conservación y podía desecharse antes de comer. Con el tiempo, el proceso se acortó y el vinagre permitió obtener la acidez sin esperar tanto. La conservación fue convirtiéndose en cocina.

El cambio decisivo llegó en Edo, la actual Tokio. A comienzos del siglo XIX, los vendedores colocaban pescado sobre porciones de arroz avinagrado y lo servían en puestos callejeros. El nigiri nació como comida rápida, pensada para consumirse con las manos.

Antes de la refrigeración, muchas piezas no eran completamente crudas: el pescado se marinaba en salsa de soja, se salaba, se cocía o se curaba con vinagre. Edomae, término que aludía originalmente a las capturas obtenidas frente a Edo, terminó designando también ese repertorio de técnicas.

Cada pieza depende todavía de decisiones casi invisibles: temperatura y acidez del arroz, dirección del corte, presión de los dedos, cantidad de wasabi y momento exacto del servicio.

Y el sushi de Japón no coincide necesariamente con el que se ha popularizado en Europa. Aguacate, queso crema, mayonesa, salsas dulces o ingredientes fritos forman parte de adaptaciones surgidas fuera del archipiélago. En Japón el repertorio es mucho mayor: nigiri, sushi prensado, chirashi, preparaciones fermentadas y especialidades regionales.

Además, sushi no significa “pescado crudo”. Su elemento definitorio es el arroz avinagrado, que puede acompañarse de pescado, marisco, tortilla o verduras.

Sushi no significa pescado crudo

La palabra sushi define, ante todo, una preparación de arroz avinagrado. Puede acompañarse de pescado crudo, marisco, tortilla, verduras o ingredientes cocinados. El sashimi, en cambio, sí designa pescado o marisco servido sin arroz. La confusión es comprensible: fuera de Japón, muchas de las piezas más conocidas se han construido alrededor del pescado crudo, hasta convertirlo casi en sinónimo del plato. Pero en la tradición japonesa existen preparaciones prensadas, enrolladas, fermentadas o cubiertas con ingredientes muy distintos, y algunas especialidades regionales apenas se parecen al nigiri más familiar.

También cambia la forma de comerlo. El nigiri puede tomarse con la mano, se moja ligeramente por el lado del pescado y el wasabi suele estar ya incorporado por el cocinero. El arroz no es un acompañamiento secundario: su temperatura, textura y acidez forman parte esencial del equilibrio de cada pieza.

Cottonbro
Foto: Cottonbro.
Las maiko llevan las estaciones en el cabello. Sus kanzashi cambian con el calendario: ciruelos en febrero, cerezos en abril, glicinias en mayo y hojas de arce en otoño.
Artemioz

Dos luchadores suben al dohyo y se observan. Se agachan, se levantan, regresan a sus esquinas, arrojan sal y vuelven a colocarse frente a frente. La espera puede durar cuatro minutos. El combate suele resolverse en pocos segundos.

En el sumo, casi todo sucede antes del choque. La sal purifica el círculo y ayuda también a secar las manos y desinfectar posibles heridas. Los luchadores aplauden para atraer la atención de los dioses, extienden los brazos para mostrar que no esconden armas y golpean el suelo con los pies.

El círculo mide apenas 4,55 metros de diámetro. Para ganar basta con sacar al rival o conseguir que toque el suelo con cualquier parte del cuerpo distinta de las plantas de los pies. No existen categorías por peso y se reconocen 82 técnicas oficiales de proyección, empuje, derribo y desplazamiento.

Fuera del estadio, los rikishi viven en una heya, una casa de entrenamiento sometida a una jerarquía estricta. Los jóvenes se levantan antes, limpian, cocinan y ayudan a los veteranos mientras intentan ascender en el escalafón. La gran leyenda fue Raiden Tameemon. Entre 1789 y 1810 consiguió 254 victorias y sufrió solo diez derrotas: alrededor de un 96 % de triunfos, un registro que continúa sin ser superado. Durante casi diecisiete años ocupó el rango de ōzeki. Curiosamente, jamás recibió el título de yokozuna. El luchador más dominante de la historia quedó así fuera de la lista de quienes alcanzaron el rango que hoy identifica a los grandes campeones.

82 formas de ganar

El sumo reconoce 82 técnicas oficiales de victoria, desde empujes y proyecciones hasta derribos y desplazamientos. No existen categorías por peso: un luchador puede enfrentarse a otro mucho más pesado y resolver el combate mediante técnica, equilibrio y velocidad. El círculo donde sucede todo mide solo 4,55 metros de diámetro.

Alan Stoddard
Foto de Alan Stoddard
Las maiko duermen sobre una almohada elevada llamada takamakura para no deshacer durante la noche los complejos peinados elaborados con su propio cabello.
Elifinatlasi

La imagen más reconocible es la de una joven con el rostro blanco, un kimono de mangas largas y un obi que cae casi hasta el suelo. Sin embargo, esa figura suele corresponder a una maiko, una aprendiz. En Kioto, la artista plenamente formada recibe habitualmente el nombre de geiko: “mujer de las artes”.

Su preparación incluye danza, canto, shamisen, ceremonia del té, conversación y protocolo. La maiko vive vinculada a una okiya, la casa que organiza su formación y compromisos, y aprende también observando a las veteranas.

El aprendizaje continúa incluso durante el sueño. La maiko lleva complejos peinados elaborados con su propio cabello y acude al peluquero aproximadamente una vez por semana. Para no deshacerlos durante la noche, apoya el cuello sobre un takamakura, una pequeña almohada elevada que mantiene la cabeza separada del futón.

Los kanzashi, los adornos de su cabello, cambian además según el calendario: ciruelos en febrero, cerezos en abril, glicinias en mayo o arces en otoño. El peinado se convierte así en una forma de señalar la estación. Cuando completa el aprendizaje y se convierte en geiko, su apariencia se hace más sobria. El obi se acorta y los elaborados peinados suelen dejar paso a una peluca. Ya no necesita mostrar visualmente el proceso de aprendizaje: su autoridad reside en el dominio de las artes y en la capacidad para interpretar cada situación.

La estética de maiko y geiko ha terminado además por convertirse en uno de los grandes códigos visuales de Japón, reproducido en festivales, sesiones fotográficas, alquileres de kimono y experiencias de caracterización. Cada canción y cada movimiento vuelven a activar un repertorio aprendido de otra mujer. El cuerpo se convierte en archivo, pero también en intérprete.

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